Historicidad y presente de Santa Maria la Ribera, ¿Barrio o fraccionamiento residencial?

Cómo citar: Varela, L. (2025).
Historicidad y presente de Santa Maria la Ribera, ¿Barrio o fraccionamiento residencial?,
URBEāctĭo, Vol. 2. Núm. 3, pp 54-65. ISSN 3061-8290.
https://doi.org/10.70207/3gk8wh20

Resumen:

Este trabajo expone resultados de una investigación cualitativa en la colonia Santa María la Ribera en la Alcaldía Cuauhtémoc de la CDMX, misma que se desarrolla a partir de cuatro categorías de análisis: Historicidad, Representaciones Simbólicas, Interacciones Sociales y Materialidad. A partir de ellas se describe la condición contemporánea del sitio y las transformaciones recientes, desde la percepción de quienes lo han habitado. El texto se desarrolla con el interés de describir los efectos de la incorporación de la colonia a los circuitos de mercantilización de la ciudad, en particular en la experiencia vital de los habitantes y sus prácticas cotidianas. Asimismo, se indaga en la posibilidad local de resistencia ante un fenómeno que puede caracterizarse como gentrificación. La discusión se orienta a profundizar en los componentes históricos de un discurso sobre la colonia como sitio popular, así como en los argumentos de otra narrativa que la define como una zona residencial con pretensiones de exclusividad.

Palabras Claves: Desplazamiento poblacional, Gentrificación, Interacciones sociales, Representaciones simbólicas, Vida cotidiana.

Abstract:

This paper presents results of a qualitative research in the Santa María la Ribera neighborhood of the Cuauhtémoc borough in Mexico City. The work is developed using four categories for analysis: Historicity, Symbolic Representations, Social Interactions, and Materiality. These categories describe the contemporary condition of the site and its recent transformations, from the perspective of its residents. The text aims to describe the effects of the neighborhood’s integration into the city’s commodification circuits, particularly on the lived experiences of its inhabitants and their daily practices. It also explores the local possibility of resistance to a phenomenon that can be characterized as gentrification. The discussion delves into the historical components of a discourse that portrays the neighborhood as a working-class area, as well as the arguments of another narrative that defines it as a residential zone with aspirations of exclusivity.

Keywords: Population displacement, Gentrification, Social interaction, Symbolic representations, Everyday life.

Introducción

En este trabajo se presenta un análisis de los procesos socioespaciales en la colonia Santa María la Ribera, en la Alcaldía Cuauhtémoc, como expresión de las transformaciones contemporáneas de las primeras colonias habitacionales de la Ciudad de México y de su rol en la metrópolis durante el siglo XXI. Para ello se analiza el cambio urbano y social desde la perspectiva de la vida cotidiana en el lugar. La definición del rango temporal de la investigación se enfoca en la experiencia de vida de los habitantes actuales, es a partir de ella que se describen las dinámicas de las transformaciones, que constituyen la expresión local de procesos políticos, económicos y sociales propios del siglo pasado.
      El desarrollo de la investigación se elabora en función de tres ejes: la vocación económica e identitaria de la colonia, definida por las actividades de las áreas colindantes; el perfil de los habitantes, marcado por los vaivenes económicos desde el periodo revolucionario a la fecha; y la configuración arquitectónica de la vivienda, expresión de necesidades utilitarias, pero también de una representación simbólica de la identidad de Santa María la Ribera en los distintos periodos. Si bien se estudian las dinámicas propias de la colonia, el trabajo indaga sobre su condición, con la certeza de que ésta se define por el lugar que ocupa en la economía, en la cultura y en la funcionalidad de la Ciudad de México como metrópolis. Es así que el análisis se lleva a cabo dentro de un contexto general que se caracteriza como “gentrificación” y que se expone como resultado de procesos económicos y culturales a escala global.
      La gentrificación en América Latina y en México tiene componentes socioeconómicos muy específicos, entre los cuales se puede contemplar la posibilidad de que los procesos en esta colonia sean parte de una gentrificación asociada con “una ideología revanchista, cuyo objetivo es reconquistar los centros de las ciudades para las clases acomodadas” (Janoschka, Sequera y Salinas, 2014:11). La noción de Gentrificación se recupera de la definición de Salinas (2014) quien destaca que se manifiesta como un fenómeno urbano con dos variables correlacionadas: la reinversión económica en las viviendas de un área y el desplazamiento poblacional, dos condiciones que son muy evidentes en la zona de estudio.
      Los planteamientos teóricos y la metodología de este trabajo se sustentan en las experiencias documentadas por Michel De Certeau en La invención de lo cotidiano (1999), especialmente en la etnografía elaborada por Pierre Mayol en el barrio de la Croix-Rousse, en París. Adoptamos —desde De Certeau— la noción de los habitantes como practicantes de la ciudad, o practicantes de lo ordinario. Esto significa que los espacios construidos, su configuración y su identidad se sustentan en las prácticas sociales de los ciudadanos y en función de su hacer en los lugares de la vida cotidiana. Este análisis de la colonia Santa María la Ribera no se enfoca en los personajes relevantes o en los lugares icónicos, que se destacan en los folletos de las inmobiliarias, sino que considera la percepción de lugar desde aquellos que se apropian de él en sus prácticas cotidianas.
      Desde ese mismo enfoque se recupera la propuesta de etnografía urbana de Kathrin Wildner (2005), quien trabaja a partir de las trayectorias de los habitantes y paseantes para elaborar una descripción densa del espacio urbano como sede de relaciones específicas. Define la ciudad como: “El sitio donde se condensan características específicas de sociedades complejas que van más allá de la estructura física” (Wildner, 2005:18). Para conocer un lugar urbano, Wildner elabora una estrategia de investigación a ras de tierra, con entrevistas a profundidad, conversaciones fugaces, observación participante, recorridos y fotografías. Herramientas que aquí se recuperan y cuyos resultados se organizan desde cuatro miradas, en analogía con los cuatro puntos cardinales:

La Historicidad.- experiencia en el sitio desde la historia de sus habitantes
Las Representaciones simbólicas.- discursos sobre el lugar.
Las interacciones sociales.- encuentros, vínculos, redes de apoyo
La Materialidad.- estructura física y ubicación en la ciudad

Aspectos histórico-contextuales

Santa María la Ribera ocupa la que fuera una de las periferias de la antigua ciudad capital. La colonia tiene como límite la Calzada México-Tacuba, una de las vialidades principales de la ciudad mesoamericana de México-Tenochtitlán. La avenida fue un eje de la urbanización en la ciudad colonial, contando con abasto de agua y áreas de cultivo; más adelante fue un área de paseo en la que se edificaron algunas casas de campo. Se ubicaba ahí la hacienda de La Teja, y el rancho de Santa María, que se empezó a dividir en 1861 para crear el primer fraccionamiento moderno en el país.
      Esta colonia fue la primera expansión habitacional de la ciudad de México más allá del cuadro central, trazada en el contexto de la secularización y de una primera idea de modernidad. Aquí los inversionistas se interesaron en la urbanización bajo principios como el higienismo y la importancia de la arquitectura civil, que fueron sello de la política porfiriana. (Boils, 2005). La urbanización de la zona es parte de los efectos de aprovechamiento del suelo resultado de la Ley Lerdo (1856), y su fraccionamiento se vendió como una comunidad de residencias para familias acaudaladas que provenían del centro de la ciudad. Era un área verde con árboles frutales, de ahí se tomaron los nombres originales de las calles: dalias, peral, naranjo, sabino… que a finales del siglo XX se sustituyen por los de personajes destacados que aquí vivieron: el Dr. Atl, Mariano Azuela, etc.
      Su transformación de área suburbana a sitio relevante en la ciudad se define en 1871, cuando empieza a funcionar la gran estación de ferrocarriles Buenavista (Alcántar, 2022), que ha sido desde entonces un nodo de conectividad para el transporte en la zona. El paso del ferrocarril por la Santa María la Ribera modifica las actividades y el perfil poblacional, desde aquel momento aparecen en el norte de la colonia talleres de reparación y manufacturas, materiales para embalaje, actividades de comercio y de vivienda irregular. El área norte, cercana a la vía del tren, es la que hasta hoy se percibe como la zona insegura de la colonia, asociada con la precariedad y el oportunismo de quienes “van de paso”.
      Consta en distintos trabajos (Göbel, 2018) que en Santa María la Ribera las antiguas familias propietarias abandonaron sus residencias alrededor de 1920, como resultado de la decadencia posrevolucionaria. A partir de ese momento, la servidumbre que se había quedado a cargo adapta los inmuebles para habitarlos. Estos habitantes atrajeron a otras familias que venían a la ciudad huyendo de las regiones donde la devastación de la guerra había sido intensa, como Guanajuato y Zacatecas.
      Boils (2005), describe que en la Santa María la Ribera se dio un proceso de abandono económico y material entre 1920 hasta el año 2000; por lo cual se caracteriza como colonia totalmente popular entre 1950 y 1960. Martínez Figueroa establece que: “Santa María la Ribera perdió su carácter pequeñoburgués alrededor de la mitad del siglo XX, cuando ya no se consideraba la frontera urbana de la Ciudad de México. En ese momento, la capital mexicana experimentó un importante crecimiento natural de población, así como la llegada masiva de migrantes rurales atraídos por el intenso proceso de industrialización que se vivía.” (Martínez Figueroa, 2014:12).
      Una cualidad histórica de la colonia es su cercanía con el centro de la ciudad. Esto la ha determinado como un sitio de llegada de nuevos habitantes, que procuraban estar cerca de las áreas de trabajo, pero carecían de los recursos para avecindarse en el centro. Es así que predomina el carácter popular e incluso bohemio de quienes la habitaron en el siglo XX. Los relatos de cómo se vivía hacia mediados del siglo, la describen como una colonia en la que se podían resolver todas las actividades cotidianas sin necesidad de salir; un sitio popular en el que se interactuaba en los espacios públicos y en los lugares de comercio, con muchas escuelas, escasas oficinas y algunos hoteles.
      Este trabajo es el resultado de un proceso de investigación cualitativa que parte desde el vínculo personal con el área, mismo que se ha elaborado de manera sistematizada entre 2023 y 2025 mediante recorridos y fotografías como medios de aproximación. En el periodo se realizaron caminatas por la colonia y sus colindancias en horarios diferentes, comprendiendo en los recorridos sus bordes con la colonia Atlampa (cruzando las vías del tren) y el CETRAM de Buenavista, del otro lado de la Avenida Insurgentes. Se llevó a cabo observación participante, tomando parte en comidas y celebraciones, tanto en viviendas de habitantes como en cafeterías. Se participó en eventos en el espacio público, tales como el festejo de día de muertos y el baile dominical (ambos en el kiosko Morisco). Asimismo se realizaron consumos en los mercados, tiendas de abarrotes y de conveniencia, cafés, pastelerías, restaurantes y bares de la zona.
      Como parte simultánea de este proceso, en la calle y en los sitios mencionados se trabajaron conversaciones fugaces y entrevistas semiestructuradas, de donde se recuperan los componentes históricos de la colonia como experiencia desde la escala humana, así como la descripción de las prácticas sociales en los inmuebles durante el siglo pasado, para reconocer la escala local más allá de los discursos sobre su valor e identidad para la ciudad de México.

La Historicidad

La Historicidad es un concepto trabajado por Armando Cisneros (2008) a partir de El ser y el tiempo de Heidegger, lo emplea para definir las historias comunes de los habitantes de una ciudad a escala local. La historicidad se trata de las experiencias compartidas en un lugar, y que se relacionan entre la comunidad: familia, vecinos, comerciantes, etc. para elaborar el sentido de identidad y la representación simbólica del espacio construido. Cisneros apunta que la historicidad es una forma colectiva de identidad, más adelante establece una diferencia entre el concepto de sociedad y el de identidad colectiva, porque en esta última hay un compromiso con los otros; lo cual se hace notar en la colonia Santa María la Ribera.
      En la fundación y posterior crecimiento de Santa María la Ribera se concentraron aquí sitios representativos que la caracterizan y le dan ese interés turístico asociado con la nostalgia. Los habitantes de la colonia tienen su percepción particular de los lugares icónicos del sitio, los valoran por la posibilidad de usarlos y de apropiarse de ellos como experiencia. Para los vecinos, muchos espacios públicos de diseños y vocaciones diversas como el comercio, la enseñanza o la expresión cultural, fueron el origen de una curiosidad educativa, científica o artística que marcaba una diferencia con lo que se hacía en su propia casa.
      En la zona hay inmuebles con una fuerte identidad de las técnicas constructivas de cada periodo, desde el siglo XVIII con la Casa de los Mascarones de 1771, de estilo Barroco, hasta obras de los primeros años del siglo XX como el kiosko Morisco, que es seguramente el elemento más distintivo de la colonia. Además está el edificio porfiriano de cantera que albergó el museo de Geología, construido en el año 1900. También destaca en la memoria de los habitantes el Museo del Chopo, una estructura de acero de 1905. Fueron lugares que impactaron en las identidades, y que son una referencia obligada cuando narran su experiencia urbana quienes estuvieron, crecieron y vivieron en la zona, en especial entre 1950 y el año 2000. La historicidad en esta colonia expresa un sentido de pertenencia y comunidad relacionado con el compartir juntos los consumos y trayectos. Además, se trata de un área cercana al centro de la ciudad, es desde aquí que podían llegar a la capital las familias de quienes venían de otras regiones del país. A principios del siglo XX fue habitada por familias extensas, migrantes del interior del país que entre sí se daban asilo y generaron una red de apoyo.
      Los habitantes destacan su aprecio por la diversidad de espacios, mencionan las calles, el interior de las casonas, edificios o vecindades; también los patios y las plazas o parques como lugares de convivencia. Además describen la interacción con los vecinos desde los balcones y en las azoteas, o al mmnos desde los amplios ventanales. Cada una de estas áreas —y otras que se fueron generando con el cambio arquitectónico, tales como: baños, pasillos, bodegas, entrepisos, estacionamientos— se habitaron como sitios de comunidad, de riesgo e incluso de conflicto, según los cambios socioeconómicos en esta colonia. Afirman que en la década de los años 60 y 70 del siglo pasado, había una comunidad que se daba apoyo, se reconocían por manzanas, por edificios, por calles, y comentan que esas personas se han ido mudando.
      La colonia es representada desde los discursos oficiales de manera contradictoria: desde mediados del siglo XX pierde su prestigio. En ese periodo el interés de habitantes e inversionistas en CDMX se enfoca en proyectos más acordes con los modelos de urbanización norteamericanos (periféricos y automovilizados) y Santa María la Ribera llega a un proceso de decadencia. Entre 1960 y 1990 la colonia pierde una buena parte de sus habitantes de varias generaciones. El abandono se reflejó en un incremento de la inseguridad y un descuido general de los inmuebles. Hernández Cordero (2021) reporta que:

“En el año 2000 se registraron 271 vecindades de diferentes tamaños, que albergaban cerca de un tercio de las viviendas de la colonia. El Programa las identificó como un punto crítico, ya que señalaba que en las vecindades con un mayor grado de deterioro se concentraban los problemas de delincuencia. En específico se argumentó que allí se cometían delitos como el narcomenudeo y el robo de autopartes. Se reportaron, asimismo, constantes conflictos vecinales por la presencia de prostitución femenina y niños en situación de calle.” (Hernández Cordero, 2021:16).

El trabajo de Marcadet (2007) muestra que entre 1990 y el año 2000 la zona central de la ciudad perdía población de manera muy notoria, además de existir un fuerte deterioro inmobiliario. En el caso de Santa María la Ribera, las familias de extracción popular no estaban en condiciones de dar el mantenimiento adecuado a estas edificaciones con casi 100 años de antigüedad. Un primer momento de recuperación poblacional en la colonia se da a partir del sismo de 1985, y posteriormente en 2017 llega otra oleada de nuevos habitantes. En esta colonia no han habido derrumbes por los fuertes sismos, como sí abundaron en otras colonias viejas, ahora de moda: la Roma, la Condesa, la Juárez y la Narvarte.
      Desde inicios del siglo XXI se acrecienta el interés por la intervención arquitectónica, con un afán de modificar la apreciación de la colonia. Algunos habitantes narran que se hicieron diagnósticos de deterioro que se esgrimieron como pretexto para desalojar a algunos habitantes irregulares. La estructura general de las remodelaciones se enfoca en la optimización de los espacios, multiplicando la plusvalía mediante el crecimiento vertical y la subdivisión de las antiguas casonas para transformarlas en departamentos y locales para negocios. Estas adaptaciones se llevan a cabo sin un correcto tratamiento de los equipamientos y servicios, por lo que generan problemas en el abasto de agua, espacios para estacionamiento, etc.
      La historicidad tal como se halla en la colonia, manifiesta una condición marginal en el sentido de ser cercana al centro, pero sin las cualidades económicas y administrativas de la centralidad. Además, por su vínculo con el ferrocarril por medio de la estación Buenavista y con la zona industrial de Atlampa, ha tenido siempre población flotante, en parte integrada por mexicanos del interior del país que llegaban a probar suerte en la capital.
      La marginalidad también se expresa en la inseguridad constante a lo largo de la historia, y en la rivalidad por el uso del espacio público. Estas características se presentan de forma detallada en las entrevistas: la presencia de vagabundos y asaltantes se conoce tradicionalmente en la colonia, asimismo se relatan mitos acerca del comercio sexual y otras actividades ilícitas. Los jóvenes de los años 60 describen prácticas en las que dejar de mirar desde el balcón, para salir a la calle y participar de la vida urbana, era un ritual de paso hacia la madurez, afrontando los riesgos de una zona conflictiva.

Representaciones simbólicas

Las representaciones simbólicas de un territorio son el conjunto de las distintas expresiones verbales, gráficas, y en sí todas las manifestaciones que se elaboran para referirse o intervenir el lugar. Estas constituyen la identidad del sitio y sus habitantes, así como la forma en la que es expresado y apropiado para el resto de la metrópolis. Las representaciones simbólicas de una colonia están construidas desde la manera en que se describe en los medios de comunicación y en la política: esto refiere a la colonia dentro de la escala de la ciudad, y del país. También desde la escala local de los habitantes y visitantes de la ciudad, y específicamente del área central.
      La representación simbólica —desde una escala más cercana— incorpora a los discursos oficiales, las narraciones de experiencias cercanas o las propias vivencias en el lugar. En estas representaciones los entrevistados se basan en sus creencias y expectativas acerca de la colonia, pero también en la percepción empírica de ella a partir de cómo se sienten y qué actividades pueden realizar aquí.
      En esta colonia se han incrementado los discursos sobre las identidades en las décadas recientes. Ahora los vecinos participan en comunidades virtuales, desde donde se multiplican las expresiones, orientadas tanto a lo colectivo como al conflicto, al lenguaje de la ironía y a la inmediatez. Otra fuente muy relevante de nuevos discursos sobre la colonia Santa María la Ribera es su introducción en la publicidad turística, gastronómica e inmobiliaria de la ciudad de México, y muy específicamente en los circuitos de la especulación inmobiliaria. En el orden de esos discursos, tanto desde los habitantes como de los teóricos e historiadores, destacan dos aspectos en lo que se expresa respecto a este lugar:

Una identidad contradictoria entre lo aristocrático y lo popular.
Una condición frecuente de pérdida y arribo de nuevos habitantes Este segundo componente de las representaciones se presta al avance de distintas formas de gentrificación. Al respecto Ramírez Crespo menciona:
“Lejos de tratarse de un fenómeno en el que el desplazamiento sucede de manera mecánica y lineal, la gentrificación involucra la producción y circulación de una serie de discursos que legitiman procesos de exclusión y desplazamiento a nivel simbólico.” (Ramírez Crespo, 2021: 79).

La gentrificación en la Santa María la Ribera se sustenta en forma poderosa en las representaciones simbólicas, en los múltiples discursos comerciales, pero también históricos. Se le ubica siempre como un área relevante y peculiar, asimismo se expresa el orgullo por su diseño urbano planificado y por el valor estético de sus viviendas originales: residencias de dos plantas de doble altura con diseño de la transición entre el siglo XIX y el XX.
      Ese orgullo de una identidad aristocrática en la Santa María la Ribera, contrasta con una referencia casi obligada a los problemas de inseguridad, y a la práctica de actividades como el comercio sexual, el robo y venta de autopartes, los asaltos a transeúntes, y en años más recientes el narcomenudeo. Un apodo conocido para el sitio es “Santa María la Ratera”, lo que se refiere a una condición que algunos autores ubican en un periodo concreto de finales del siglo XX.
      La inseguridad se menciona por los informantes en forma vaga y refieren algunos sitios de actividades delincuenciales como mitos. Hacia el norte de la colonia recuerdan la presencia de lugares como: El Ranchito, la Loquera y Las Gemelas. Seguramente se trata de tres vecindades distintas (no es que así se llamaban, sino que así les decían), conjuntos de pequeñas viviendas del área norte de la colonia, que cruzan por dentro toda la manzana, por lo que ofrecen vía de escape. Los entrevistados expresan curiosidad y desconocimiento de lo que realmente ocurría en esos sitios; también miedo: uno de ellos dice que tomaba un taxi cuando pasaba por ahí.
      En los discursos la definen como una colonia segura, a la vez que algunos manifiestan con disimulo el haber sido víctimas de asaltos o robo a vivienda. Hay una intención común entre habitantes e industria inmobiliaria por defender una imagen de la colonia como lugar seguro.

“Personalmente yo te diría que es una colonia muy segura, probablemente porque yo he vivido ahí y porque una colonia transitada la percibo como segura, en donde a cualquier hora de la noche puedes salir a comer algo, etc. además matan gente en todos lados, vivimos en un país muy inseguro, yo no diría que Santa María es más insegura que otras.” (Guillermo, entrevistado)

Entre los habitantes predomina un relato de apropiación de la colonia, a partir de formas de comunidad en las calles y en las viviendas múltiples. Hay también un discurso de pertenencia, basado en el recuerdo del encuentro respetuoso en los lugares públicos. En las representaciones se escucha la simbólica de la mejora: es en busca de un ascenso social que aquí se allegan oleadas de población en periodos que van de principios del siglo XX, a los años 40; y posteriormente en la década de los 80s. Actualmente la Santa María es cotizada como un sitio que está cercano a las fuentes de empleo, es económico y ofrece lugares más grandes, más amplios, comparados con los que se ofrecen en el resto de la CDMX, en donde el costo del suelo es muy elevado y los inmuebles son cada vez más reducidos.
      Llama la atención en los discursos que, aun entre los grupos marginales de la colonia, persiste una diferencia entre el nosotros y los otros, y los criterios de superioridad se asumen como un mayor derecho a ser de la colonia y a gozar de los espacios públicos que los otros. Persisten discursos clasistas e incluso racistas, que provienen de una disputa por los lugares y por la identidad del barrio en sí. Esto tiene un nuevo matiz ahora con la llegada de migrantes provenientes de centroamérica, una vez más ciertos inmuebles de la colonia se han subdividido en numerosas viviendas mínimas de hasta 4 mts. cuadrados. La consecuencia del hacinamiento es que estos migrantes pasan gran parte de su tiempo en la calle, desde luego son objeto de este discurso discriminatorio del nosotros, distantes de los otros; algunos entrevistados se expresan del sitio como un “nido de venezolanos”.
      En los discursos de los entrevistados se presenta a la colonia como un sitio en el que se daba la convivencia en la plaza, en las calles y en determinados talleres de manufacturas y reparaciones; en comercios de comida mexicana, cafeterías, cines, etc. Expresan que el lugar a lo largo de toda su historia manifiesta una vocación artística y científica que se vincula con el hecho de haber sido sitio de residencia de artistas. Era un sitio marginal y barato, pero cercano al centro, que era mucho más costoso y elitista a principios del siglo XX. Los discursos de los habitantes reflejan una tensión derivada de una disputa por el espacio, se saben desplazados, tanto de las viviendas como en los lugares de comercio que para ellos eran tradicionales, así un originario de la colonia se quejó porque no pudo entrar a una taquería tradicional porque ahí se está filmando una película.
      Una peculiaridad de la colonia es su activismo, en los habitantes hay una conciencia y una defensa de sus valores desde distintos ámbitos: es un sitio en el que las personas se organizan y se manifiestan. En los recorridos de trabajo se apreciaron numerosas expresiones escritas y gráficas: las de venta de inmuebles, por lo menos uno en cada una de las calles de la zona, pero además se leen expresiones distintas que van desde el graffiti hasta los manifiestos vecinales, las mantas, los avisos de: “este inmueble no se vende”, y de ahí al: “no se deje engañar…” A pesar de ello, hasta ahora estas formas de organización y expresiones no han frenado los procesos de gentrificación inmobiliaria y gastronómica. En los discursos de los entrevistados son muchos los lugares icónicos o representativos, estos varían según la edad, la experiencia y los intereses de los habitantes, aún cuando hay esfuerzos homogeneizadores en el discurso oficial, como el protagonismo del Kiosko Morisco, y de algunos restaurantes como sitios representativos del lugar.
      La vocación artística de la colonia ha tenido continuidad y forma parte de sus representaciones simbólicas, desde el mítico tianguis de música de El Chopo hasta la ubicación actual de muchas galerías de arte y el Multiforo Alicia, un espacio alternativo de contracultura musical al que le fue coincidido en comodato un inmueble que es propiedad del gobierno de la ciudad:

“El lugar era una capilla, tiene todavía la zona del coro, está en entre Naranjo y lo que era Ciprés, Torres Bodet, ahí está el foro Alicia, el lugar era una bodega de la Alcaldía.” (Entrevistado).

En el discurso y en la interacción de los habitantes, la Santa María preserva una serie de valores que atraen a los productores de arte, y este aspecto se mantiene como un componente muy relevante de su identidad actual. Es un prestigio que puede ser un arma de doble filo, en cuanto a la conservación de los inmuebles y habitantes.
      Como contraparte con la mixtura social que ha caracterizado el lugar, hay en los discursos una intención de homogeneidad que se manifiesta como una de las preocupaciones ante la gentrificación. Hay relatos que pretenden que existe un perfil poblacional determinado el cual preservar, sin embargo no hay evidencia de tal condición. La constante es el cambio poblacional y la incorporación de nuevos habitantes, ya sea del interior del país, o bien extranjeros. Aquí aparece otra contradicción, ya que si bien se enaltece ese pasado de refugio para migrantes, al día de hoy se menciona la presencia de venezolanos como una pérdida en la identidad o en la condición local de las prácticas sociales en la colonia Santa María la Ribera.
      Las manifestaciones culturales y el juego del arte contemporáneo con la sociedad y la vida cotidiana se expresó en el año 2016 en esta colonia. Hernández Cordero (2021) documenta el proceso lúdico mediante el cual dos artistas plásticos propusieron a una santa para proteger a los vecinos de la gentrificación. “Santa Mari la Juarica”, fue este personaje usado para apelar a la cultura religiosa de los habitantes tradicionales de la zona, y expresar de manera abierta el rechazo a la gentrificación. En 2017 reunió dos procesiones multitudinarias que lograron la atención mediática, sin embargo, Hernández Cordero (2021) expresa que tras la pandemia cerró la galería de donde había surgido esta iniciativa, y el altar de Santa Mari la Juarca quedó en el olvido. El hecho coincide con otros procesos recientes de organización vecinal en la ciudad, que logran un impacto y cohesión poderosas para visibilizar algún problema, pero generalmente son iniciativas que no permanecen a lo largo del tiempo, ya que a distintos actores económicos y políticos les resulta fácil disolverlas.

Las interacciones sociales

Estas interacciones se refieren al hacer comunitario en los espacios públicos y privados del lugar, algunos autores les llaman prácticas; desde el discurso de Michel De Certeau serían las artes del hacer. Esta colonia tiene distintas vocaciones que provienen de la cualidades de los espacios, y de la naturaleza de las redes comunitarias que se crearon aquí con originarios de otras colonias y de otras ciudades del país. En Santa María vivieron el famoso pintor Dr. Atl, Nahui Ollin, Benjamín Domínguez, Amado Nervo, Mariano Azuela, José Alfredo Jiménez, entre otros personajes de la vida cultural de nuestro país.
      También hay una variedad en las profesiones y en la condición social de sus habitantes, tanta importancia tienen en su momento algunos espacios educativos como ciertos recintos religiosos y parques públicos. Se habla de manera general de una coexistencia respetuosa, que consiste en el cumplimiento de acuerdos implícitos de la vida comunitaria, y en el respeto de determinados espacios públicos en horarios específicos. Cuando hay hechos de violencia es porque se entiende que esos acuerdos implícitos se han roto, cuando se incurre en algún exceso, pero aun así hay tolerancia, según los habitantes, se acepta que la convivencia en la colonia es “pesada”.
      Un grupo poblacional importante son los habitantes aquí nacidos, cuyas familias estuvieron aquí por varias generaciones. Van desde personas de la tercera edad hasta adultos de unos 40 a 50 años. Ellos son los que preservan determinadas prácticas y negocios, así como la costumbre de acudir a sitios de ocio y consumo. Comparten la nostalgia por una vida barata y fuertes lazos comunitarios. Son habitantes que se mueven a pie, y es en estos recorridos que se reconocen con los vecinos y comerciantes. Ellos mismos declaran la presencia de personajes marginales en la colonia desde siempre, quienes vivían de la caridad, quienes robaban y revendían, los dedicados al comercio de drogas o al comercio sexual.
      Los nuevos habitantes de la colonia se distinguen por sus prácticas, por tener otros hábitos de consumo, e incluso otra forma de desplazamiento. Responden a las promesas de venta de los inmuebles en las que el discurso de la gentrificación incluye a la Santa María en el circuito de la ciudad automovilizada. El área de viviendas más recientes ofrece el resguardo y cuidado del automóvil como un valor fundamental, lo cual limita la actividad peatonal entre vecinos. Otros habitantes y usuarios de las casonas de la colonia son los productores de arte:

“La comunidad cultural se empezó a venir a este lado, porque ya no era viable vivir en la Roma o en la Condesa. Muchos de ellos se vinieron a vivir para acá… Cuando te dedicas a la museografía, la curaduría, buscas techos altos, las casas aquí son de techos altos, tienes grandes paredes, se pueden hacer grandes piezas, empezaron a intervenir muchas casas, hacer reapropiaciones de casas abandonadas, se empezaron a hacer muchas cosas aquí en este sentido del arte, tanto las ventas como la rentas de espacios en Santa María son todavía viables para galerías o estudios, cuando la Condesa se volvió una locura y la gente paga ahí carísimo por estar en una zona que se cae cuando tiembla.” (Entrevista)

Hay una distancia notable entre los perfiles de habitantes que se pretende albergar en la colonia, y los que están en condiciones de vivir aquí. Por una parte, desde las políticas públicas se habla de la creación de vivienda para los sectores populares; aunque por sus características, en realidad éstas sólo son accesibles para sectores de clase media con empleo formal. Además, está la pretensión por parte de las inmobiliarias de atraer a habitantes de la clase media alta, sin embargo en los hechos parece cuestionable la factibilidad de que estos grupos sociales se asienten en la colonia y que estén cómodos en este lugar.
      Es en función de proveer a ese pretendido perfil de habitantes de una forma de vida que les acomode, que se modifica el aspecto de los comercios y la oferta de servicios, lo que incrementa los costos y la burocratización de la vida en el lugar, se encuentran spas, sucursales de cadenas de bares, restaurantes de alta gama, tiendas de “superalimentos”, etc. “Los nuevos habitantes llevan a a cabo nuevas formas de habitar, no sólo por su llegada, sino también porque los comercios, lugares de recreación o entretenimiento están dirigidos a cierto tipo de consumidores” (Robledo, 2019:496) Marcadet (2007) destaca que al cuestionar a los nuevos habitantes sobre sus razones para estar ahí, refieren que:

“Santa María fue elegida ante todo por ubicarse en el corazón de la ciudad, por su abundancia de equipamientos, por estar cerca del lugar de trabajo y bien comunicada con las redes de transporte. Además, muchos subrayaron la oportunidad de conseguir una vivienda grande y barata en esta parte de la ciudad, sin estar obligados a vivir en una colonia percibida como más peligrosa (la Guerrero en particular). Los aspectos funcionales y pragmáticos fueron los más señalados, al contrario de las razones afectivas y de gusto”. (Marcadet, 2007:50)

Se confirma así que los nuevos habitantes de Santa María la Ribera en el siglo XXI no necesariamente aprecian su valor histórico y patrimonial. En sus discursos no hallan mucho más posibilidades aquí que ciertas ventajas funcionales, tales como el bajo costo y la buena conectividad; sin embargo no consideran sus peculiaridades sociales y culturales.Los nuevos habitantes se ubican en la zona sur de la colonia, Marcadet (2007) señala que es el área con menos concentración de vecindades, donde se ubican los comercios y equipamientos tales como una clínica del Seguro Social, la Oficina de Correos, la iglesia Santa María La Ribera, escuelas, etc. además de que ahí se vincula la colonia con las estaciones del Metro y del Metrobús.
      Según la experiencia de los habitantes, hay una comunidad o copresencia que se da en los lugares de consumo, como ocurre en los barrios tradicionales y las ciudades pequeñas. Los restaurantes con arraigo entre la clientela local, no son pretenciosos y no marcan grandes diferencias entre sus costos. La mayoría de los habitantes de la colonia consumen alimentos, bebidas o adquieren productos de abarrotes, tlapalería o papelería, todo ello lo hacen prácticamente en los mismos establecimientos, independientemente de su condición económica. Respecto a los nuevos habitantes se afirma: “Las compras de alimentos las efectúan en los mismos lugares que las poblaciones modestas: en los mercados de La Dalia y de San Cosme, así como en los dos supermercados de la zona.” (Marcadet, 2007:50) Esta condición de interacciones sociales en los sitios de consumo, sí se ve modificada de manera intensiva por una gentrificación, que se expresa claramente en la oferta gastronómica e inmobiliaria.
      A diferencia con otras áreas de la Ciudad de México, en los habitantes de Santa María la Ribera hay en general una voluntad de permanecer, les interesa preservar sus hábitos y sus vínculos que dependen de su presencia en el lugar. Un tema importante es el hecho de que muchos aquí habitan un inmueble que les fue cedido, prestado o bien que ocuparon, y no cuentan con papeles de propiedad. Esta es una situación que han explotado tanto la administración pública como las empresas, para despojarlos.
      Esta colonia se caracteriza por el cambio y la variedad social. El reto de la preservación de sus vínculos y los derechos de sus habitantes consiste en conciliar los diversos intereses y formas de vida. Es un espacio que concentra cada vez más necesidades, discursos y acciones de apropiación, que van desde el gobierno de la Alcaldía, hasta los usuarios de los espacios públicos y los clientes de los negocios.

La materialidad

Santa María la Ribera se ubica al norponiente de la Alcaldía Cuauhtémoc, que es la demarcación donde se halla el centro histórico de la ciudad. Es históricamente un borde urbano: primero fue garita, posteriormente área residencial vinculada con el paso del ferrocarril. Como fraccionamiento habitacional fue trazada sobre huertos entre 1860 y 1861, siendo una de las primeras inversiones inmobiliarias en la ciudad. Está delimitada al Norte por la avenida Ricardo Flores Magón, esta zona conecta con la colonia Atlampa, y es el área que crece en su relación con el paso del ferrocarril, a finales del siglo XIX. Al Este termina en la avenida de los Insurgentes, al Sur en la Avenida San Cosme, conocida como la Ribera de San Cosme, y al Oeste con el Circuito Interior.
      A pesar de su vínculo con estas vialidades y de su cercanía con la estación Buenavista y con otros nodos de transporte público y privado, la colonia no está automovilizada, es decir, se trata de un lugar en el que el medio más grato para transitar es a pie. Todavía en la actualidad pueden resolverse aquí mismo las principales necesidades de la vida cotidiana sin recurrir a mayores desplazamientos.
      La colonia se puede dividir en dos zonas con características definidas por sus colindancias: el área que está cerca de la calle Flores Magón aparece en todos los registros y entrevistas como la zona peligrosa de la colonia. Se trata del sitio que colinda con la vía del tren, zona que en algún momento incluso tuvo viviendas de autoconstrucción cercanas a las vías, además de áreas de bodegas e industrias. Esta se considera el área de más riesgo en la Santa María la Ribera:

“Se trata del norponiente de la colonia, una zona conocida como “rinconada de Santa María la Ribera”. Ahí, el paisaje urbano está conformado por varios espacios industriales -bodegas, talleres y fábricas (algunos en desuso)-, conjuntos de departamentos de interés social y viviendas sumamente precarias, como en el caso de un grupo de personas que vive sobre una antigua vía de tren en casas hechas con materiales improvisados como láminas, cajas de cartón y otros desechos urbanos. Al mismo tiempo, coexisten en ese espacio algunos nuevos desarrollos inmobiliarios de alto nivel, donde antes había fábricas o talleres. Carlos, un desarrollador inmobiliario que estaba construyendo un edificio de lofts en la zona, me platicó que no le recomendaba a nadie “por muy grandote” que fuera, caminar solo por esas calles, ya que ahí “asaltan hasta con cortaúñas” (Ramírez Crespo, 2021, 70)

Esta zona peligrosa de la colonia es un lugar en el que se concentraron las vecindades y actualmente tiene también unidades habitacionales. De ahí se habla casi como leyenda, de vecindades que cruzaban toda la manzana. Eran entonces espacios de huida en los que se concentraban actividades delincuenciales. Sin embargo, es también un área de casonas: edificaciones de finales del siglo XIX y principios del XX. En los relatos e historias de vida en la Santa María, destacan ciertos espacios propios de esas casonas como lugares de convivencia, en los que se generaba la comunidad y desde donde también se podía medir la distancia con los otros. Las alturas, las azoteas y las escaleras se refieren como espacios de encuentro; también las ventanas y los balcones, desde ahí se observaba la calle y se conversaba con los amigos.
      La gran altura de las viviendas es uno de los valores que tiene esta colonia para el asentamiento de comunidades de creadores y expositores de artes plásticas. Esos techos altos que tenían otros usos, y que hoy se reutilizan para una nueva vocación del sitio, coinciden con los hallazgos de Pierre Mayol (1999), quien trabaja en un barrio de tejedores (la Croix-Rousse) donde las viviendas tienen grandes alturas y representan un reto, porque son espacios especialmente fríos. La zona más visitada de la colonia, es decir la zona segura, es de la Alameda hacia el sur; esta área tiene mayor conectividad, se vincula con el metro, y está marcada por la presencia de escuelas, entre ellas la Casa de los Mascarones, que fue palacio virreinal. Es una zona de vivienda con uso comercial, de pequeños negocios y giros tradicionales, tales como la comida mexicana, postres, pan; además, a finales del siglo abundaban productos de ferretería. Desde principios del siglo XX fue común la presencia de accesorias y otros elementos para optimizar los grandes vestíbulos de los edificios, dándoles usos mixtos de vivienda y comercio.
      La colonia cuenta con edificios catalogados por el INAH y el INBAL, sin embargo, de acuerdo con las normas establecidas, se protegen básicamente las fachadas, lo cual deja abierta la posibilidad de la remodelación e incluso la demolición de los espacios interiores. La venta de departamentos recurre a ambas opciones: están aquellas que convierten una casa en un complejo de inmuebles de 40 mts. cuadrados, y otras que conservan la amplitud e iluminación de los espacios, renovando los acabados e incorporando servicios actualizados.

De los 25 inmuebles patrimoniales abandonados identificados en 1998 para la elaboración del Programa Parcial que abarca la colonia Santa María, 7 continuaban en estado de abandono para el 2021. De los 18 restantes, 5 fueron demolidos y tienen una construcción nueva, 4 aparentemente no presentan modificaciones, 3 tienen modificaciones parciales, 2 conservan solo la fachada, 1 conserva solo la primera crujía y de 2 inmuebles se desconoce su estado.” (Hernández Trejo, 2022:60)

La subdivisión de los grandes espacios para optimizarlos, ha sido un proceso constante a lo largo de la historia de la colonia, de ahí surgen las vecindades. Es en fechas más recientes que se da la verticalización; en realidad no se observan edificios altos, más bien son de 4 ó 5 pisos que alcanzan alturas similares a las de las antiguas casonas de dos y tres pisos (de doble altura). Valeriano Vázquez hace una observación de la colonia en 2016, e indica que desde 2009 se dio un incremento notorio de edificios. En ese momento las políticas locales recomendaban el aprovechamiento de los baldíos y de los inmuebles. Sin embargo, encontró que la mayoría de las propiedades que se ofrecían en venta correspondían a departamentos, y casi el 60 por ciento tenía una antigüedad menor a cinco años.
      La llegada de nuevos perfiles de habitantes se dio en el siglo XX, por la cercanía con escuelas, asimismo el vínculo con la estación del tren. Actualmente se posiciona como un lugar conveniente para el arribo de migrantes, y nuevamente se ve un fenómeno de optimización de los espacios. El 19 de agosto el diario Más por más publicó un artículo al respecto, en donde describe la subdivisión de cinco casas en la colonia Santa María la Ribera para crear entre 300 y 400 habitaciones en cada una. Manifiesta que los recién llegados las rentan: “Con un costo de 2400 pesos semanales por un cuarto de 2x2 mts. por lo que pasan la mayor parte del día en la calle.” (Más por más 19 agosto 2024)
      Una tarea auténtica de conservación arquitectónica del sitio parece un proceso complicado, que en todo caso debió de haberse iniciado antes del acelerado auge inmobiliario en la colonia. Además, se implica en este tema la falta de títulos de propiedad y de presupuesto para que los habitantes puedan mantener y actualizar los desgastados equipamientos e infraestructuras de sus viviendas. Con frecuencia se ha detectado el abandono o falta de interés deliberada por parte de las autoridades. Esto permite que el propio deterioro favorezca la posibilidad de vender los inmuebles por el valor del terreno, y fomentar su sustitución por otros diseños, que permitan aprovechar económicamente la amplitud de los espacios.
      Un componente central que se menciona como factor importante de la gentrificación, es la ubicación de la colonia vinculada con el centro de la ciudad, pero menos saturada y más económica. Además de su relación con grandes nodos viales como la estación Buenavista, la Avenida Insurgentes, el Circuito interior y varias estaciones del metro, metrobús y el tren interurbano.

AeResiomes fimales

La gentrificación va más allá del cambio en los costos y las características de la vivienda, es un proceso que impacta en las prácticas y el espacio público, tiene que ver con la identidad y la vida comunitaria. Es un fenómeno que modifica las actividades económicas, los servicios, y en sí la representación simbólica de la colonia, de tal manera que tiene efectos tanto para los habitantes originales, como para los inmuebles y en sí para la calidad de la vida en el lugar.
      La colonia que aquí se analiza tiene características socioeconómicas y de deterioro desiguales, que pueden distinguirse por zonas que se ven determinadas por condiciones como la presencia de inmuebles históricos, vialidades principales y medios de transporte. El perfil poblacional puede decirse que ha sido de carácter popular e inestable en cuanto a su permanencia en la colonia; los habitantes con mayor arraigo están en un rango de edad mayor a los 40 años, mientras que entre los nuevos habitantes hay mayor presencia de jóvenes y niños.
      Las características de Santa María la Ribera, le dan más el carácter de una colonia popular que las pretensiones de zona residencial que se le han impuesto en ciertos momentos de su historia. Es probable que la misma inseguridad y las prácticas ilegales e informales de la colonia, así como el deterioro de sus equipamientos actúen como un factor capaz de contener los procesos de gentrificación. Es viable que se mantengan las cualidades y la composición social variada y de amplio espectro económico que aquí ha predominado.
      Es también posible que la colonia pueda potenciar su vocación artística, cultural y gastronómica, procurando que esto reporte beneficios económicos, simbólicos y de habitabilidad para quienes viven aquí. Esto podría ocurrir si se contiene la posibilidad de que las artes sean empleadas únicamente como atractivo turístico o de folklore local, lo cual podría tener un efecto de encarecimiento y desplazamiento de los habitantes y comerciantes. Por el contrario, estos pueden tener no sólo la inclusión, sino los privilegios para participar desde sus propias prácticas y saberes en el auge cultural de la zona.
      Asimismo, aun cuando hay muchas condiciones de deterioro y abandono difíciles de atender, sería importante impulsar iniciativas tanto locales como en más amplia escala, para proteger la identidad estética de esta colonia como paisaje urbano. Se trata de reforzar el hecho de que esta colonia tiene el potencial para evitar una tendencia de especulación con el costo del suelo y contener una homogeneización “modernizadora” de los espacios, sustentados en criterios muy cuestionables de confort y seguridad.
      La naturaleza misma del diseño urbano de Santa María la Ribera y su conformación social a lo largo de la historia, contradicen la pretensión original de exclusividad y homogeneidad: es un sitio variado, abierto y diverso, un lugar de posibilidad. Como una colonia con una intensa vida comunitaria, las prácticas en el espacio público manifiestan una voluntad por preservar la actividad peatonal y el goce de la ciudad a escala humana. Por la presencia de determinados sitios de convivencia, negocios y espacios culturales, la colonia genera un arraigo, aun entre los nuevos habitantes. Es así que parece viable que cuente con la cohesión social y otras condiciones necesarias, para contener los procesos de gentrificación, tan recurrentes en las primeras colonias de la Alcaldía Cuauhtémoc en la Ciudad de México.

Referencias

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