Una mirada a la dimensión vertical de la ciudad. Torres, dominación del paisaje y sus efectos a nivel de calle.

Cómo citar: Rodríguez, R. (2025). Una mirada
a la dimensión vertical de la ciudad. Torres,
dominación del paisaje y sus efectos a nivel de
calle, URBEāctĭo, Vol.1. Núm.2, pp.3-18. ISSN
3061-8290. https://doi.org/10.70207/m7h6gr79

 

Resumen:

La intención es argumentar que los edificios de gran altura dominan el paisaje urbano, relegando aquello que se queda a nivel de calle. Fue usada la cuasi-etnografía sociotécnica para la captura de imágenes a la distancia de los edificios, actividad realizada durante los trayectos a las áreas de estudio y también fuera de las actividades de la investigación. Se observaron tres grandes desarrollos: Miyana, Torre BBVA y Mítikah. Ciudad Viva, ubicados en la Ciudad de México. Se uso el software QGIS para calcular las distancias del punto donde se tomó la foto al edificio. Los resultados son una serie de imágenes y mapas que muestran la capacidad de las torres observadas para notarse a kilómetros de distancia, pero, acercándose a sus territorios, surgen procesos de desplazamientos, segregación, discriminación y control del paisaje, lo que provoca el despertar de un espíritu de lucha nacido de los habitantes.

Palabras Claves: verticalidad urbana, paisaje urbano, edificios altos, movimientos sociales.

Abstract:

The intention is to argue that high-rise buildings dominate the urban landscape, relegating what is at street level. Sociotechnical quasi-ethnography was used to capture images of the buildings from a distance, an activity carried out during trips to the study areas and also outside the research activities. Three large developments were observed: Miyana, Torre BBVA and Mítikah. Ciudad Viva, located in Mexico City. QGIS software was used to calculate the distances from the point where the photo was taken to the building. The results are a series of images and maps that show the observed towers’ ability to be noticed from miles away, but, when approaching their territories, processes of displacement, segregation, discrimination and control of the landscape arise, which provokes the awakening of a fighting spirit born from the inhabitants.

Keywords: urban verticality, urban landscape, tall buildings, social movements.

Introducción

De acuerdo con Siegfried Kracauer (1947), la urbe (una maqueta) que aparece en la película Metrópolis (Lang, 1927), es la representación de una súper Nueva York, producto de la imaginación de Fritz Lang al ver la Gran Manzana por primera vez. Una ciudad repleta de edificios de gran altura que dominan el paisaje, la orografía no tiene cabida, sólo ese mar de verticales que Michael de Certeau también miró:

Desde el piso 110 del World Trade Center, ver Manhattan. Bajo la bruma agitada por los vientos, la isla urbana, mar en medio del mar, levanta los rascacielos de Wall Street, se sumerge en Greenwich Village, eleva de nuevo sus crestas en el Midtown, se espesa en Central Park y se aborrega finalmente más allá de Harlem. Marejada de verticales. La agitación está detenida, un instante, por la visión. La masa gigantesca se inmoviliza bajo la mirada. Se transforma en una variedad de texturas donde coinciden los extremos de la ambición y la degradación, las oposiciones brutales de razas y estilos, los contrastes entre los edificios creados ayer, ya transformados en botes de basura, y las irrupciones urbanas del día que cortan el espacio. (de Certeau, 1979, p. 103)

Las grandes ciudades contemporáneas albergan distritos financieros que hacen gala de poseer desarrollos edilicios que poco a poco se elevan más, como los capitales que en ellos se mueven. Pero, hoteles, edificios de departamentos, conjuntos de usos mixtos y rascacielos pueden verse distribuidos a lo largo, ancho y alto de las urbes. Sólo hace falta ver las primeras tomas aéreas que series de televisión (sobre todo las policiacas) y películas hacen de las ciudades donde se desarrollan sus tramas, para darse cuenta del intenso proceso de verticalización que el mundo ha tenido en las últimas décadas.
      Si bien en esas series y películas después de presentar sus edificios, la trama se desenvuelve a nivel de calle y en ocasiones al interior de uno o varios de los edificios mostrados al inicio, la imagen de la majestuosa verticalidad ya se ha implantado en la mente y uno puede reconocer el edificio Chrysler (EE. UU.), el Empire State Building (EE. UU.), el Burj Khalifa (Dubái), torre Mítikah (Ciudad de México), la Gran Torre Costanera (Santiago, Chile), One Tower (Brasil), entre otros.
      Diversas investigaciones ya se han ocupado de problemáticas como: transformaciones urbanas propiciadas por la globalización, donde grandes desarrollos inmobiliarios homologan el paisaje (Galván, 2007), procesos de reedificación que no integran la creación de infraestructura nueva (Montenegro-Miranda, 2018), la identificación de factores de marginalidad (Colón de Carvajal, 2014), los intereses que impulsan la verticalización de la ciudad (Liong, Leitner, Sheppard, Herlambang y Astuti, 2020), la modulación de las edificaciones de gran altura y los precios del suelo (Jaramillo, 2011), la percepción vecinal frente a los desarrollos inmobiliarios (Padrón, 2015), entre otros. La intención del presente escrito es argumentar que los edificios de gran altura dominan el paisaje urbano, relegando aquello que se queda a nivel de calle, para esto se usaron imágenes de edificios de gran altura tomadas a diferentes distancias con el fin de demostrar que existe una dominación y jerarquización en la ciudad, usando de ejemplo a la Ciudad de México. Se piensa que los edificios de gran altura dominan el paisaje urbano, esto hace que lo que se encuentra debajo, a nivel de banqueta, quede relegado, sugiriendo que lo que importa es lo que se halla en lo más alto de la urbe. Para lograr lo anterior se abordará el concepto de lo vertical en la ciudad; el paso a la verticalidad urbana; el ejercicio de mirar las torres a la distancia y, finalmente, pensar en lo que se queda abajo.

Método

El presente escrito es de corte teórico/empírico y surge como parte de la cuasi-etnografía sociotécnica, propuesta por Carlos Silva y César Burgos (2011), donde a diferencia de las etnografías ortodoxas que exigen un tiempo considerable en campo -de seis meses en adelante, la premisa de esta sociotécnica es que en “un tiempo mínimo es posible generar un conocimiento suficiente” (p. 91), permitiendo al investigador una mayor flexibilidad al momento de realizar observaciones, ya que a través de la intermitencia “las observaciones se realizan cuando el contexto y las condiciones lo permiten, además el investigador observa cuando lo considera apropiado” (p. 94) y la selectividad, en la cual “el investigador decide los momentos y los espacios apropiados […], para recopilar la información” (p. 95). Esta sociotécnica fue implementada en una investigación de diseño y estudios urbanos (Rodríguez, 2024), en la cual se realizaron observaciones, captura de imágenes y video, notas de campo, identificación de informantes y personas que brindaron parte de su tiempo para realizar entrevistas, con el fin de analizar los impactos urbanos generados por la verticalidad en la Ciudad de México. Sin embargo, sólo se retoma un fragmento de lo observado en el trabajo de campo, en específico la captura de imágenes a la distancia de edificios de gran altura.
      Se observaron tres unidades de análisis: Miyana (conjunto de usos mixtos), Granada, Miguel Hidalgo; Torre BBVA (edificio corporativo), Juárez, Cuauhtémoc; y Mítikah. Ciudad Viva (conjunto de usos mixtos), Xoco, Benito Juárez. Todos ubicados en la Ciudad de México, aunque, también se tomaron imágenes de otros edificios de gran altura. Fue un ejercicio de observación y de notar cómo a la distancia la altura de las modernas torres de Babel domina el plano vertical. Se usó el software QGIS para calcular las distancias del punto donde se tomó la foto al edificio.
      La toma de las imágenes no fue sistemática, muchas veces no era parte del objetivo de la observación. No obstante, al mirar hacia el lugar donde se realizaría la observación, una de las torres se hacía presente, surgiendo así el interés en el tema que aquí se trata. Dadas las características de la cuasi-etnografíasociotécnica, no fue necesario una planificación metódica de los días y horarios en lo que se tendría que hacer trabajo de campo, por lo que, incluso cuando se realizaban actividades fuera de lo académico, como la asistencia a un cumpleaños, y se presentaba la oportunidad de mirar al horizonte, identificar una torre y capturarla en una foto, se hacía. Una vez en casa, se realizaban los cálculos en el programa y se complementaba con información previamente obtenida o generada en ese momento. Lo demás será expuesto a continuación.

Lo vertical y la ciudad 

El plano vertical implica una recta que está perpendicular a lo horizontal (RAE, 2024). Su etimología en latín verticālis, hace referencia al punto más alto. Como metáfora orientacional, de acuerdo con los planteamientos de George Lakoff y Mark Johnson (1980), se le asocia con el arriba, subir posiciones, vivir en las nubes; se sustentan en una base de la experiencia física y cultural. Colocado en lugares, adquiere un orden mítico, es decir, “cualidades morales y orientaciones éticas” (Fernández, 2004, p. 175), como siendo racionales, signos de progreso y modernidad, además de buenos, bonitos, con estilo, justos, correctos y, ahora, sostenibles. Pero entendiendo que todo ello está históricamente situado, en este sentido, hay que tener en cuenta la posición y trinchera ideológica desde donde se está mirando, pues las metáforas y orden mítico pueden ser todo lo contrario o, peor aún, no significar nada.
      Los signos del pensamiento vertical en una ciudad están dados por el número de pisos que elevan un edificio –más alto significa una mejor posición-, el nombre de la calle, el de la colonia; son señales la vigilancia, el portero del edificio, los horarios, en fin, las reglas. Y lo anterior cambia en una ciudad horizontal, más amena, más caótica y, con anterioridad, más familiar, a partir de deambular por sus jardines, sus patios, las esquinas, las pulcatas, las mismas calles, las que significan lugares de reunión y, por qué no, de ocio. En fin, el tránsito de un tipo de pensamiento al otro introduce un cambio, a veces sutil, otras salvajes, y al final la vida cotidiana sufre cambios, lo que impacta en las identidades y los territorios.
      Cientos de edificaciones son o fueron construidas con distintas intenciones, están aquellas del tipo religioso –sinagogas, catedrales, capillas, monasterios–, las de tipo empresarial, las destinadas a la vivienda, las de tipo industrial, las que albergan fragmentos de historia –museos–, las destinadas a la educación, las que vigilan –campos militares, centros policiacos–, las que recluyen –centros psiquiátricos, cárceles–, las que cuidan la salud –hospitales, clínicas–; se muestran accesibles por dos razones, la primera, como ya se había mencionado, son parte de la realidad misma y están presentes ante las miradas, incluso fuera de éstas, y, segunda, su significación se confiere a la cercanía, visibilidad, entrada y salida que de ellas se tiene, es decir, la relación de la estructura (objetivación) con el fin o la utilidad propia de cada una, sin embargo, hay que tomar en cuenta que la significación puede no ser clara (por estar en una zona limitada de significado). Para complementar la idea se puede decir que:

Un caso especial de objetivación, pero que tiene importancia crucial es la significación, o sea, la producción humana de signos. Un signo puede distinguirse de otras objetivaciones por su intención explícita de servir como indicio de significados subjetivos. Por cierto, que todas las objetivaciones son susceptibles de usarse como signos, aun cuando no se hubieran producido con tal intención originariamente. (Berger y Luckmann, 19GG, p. 54).

Finalmente, estamos en una época donde pareciera que quienes mejor entienden la parte afectiva de las ciudades y los citadinos son las marcas de refrescos de cola. La tarea sería, desde los diferentes campos de conocimiento que se enfocan en lo urbano, comenzar a entender no sólo la parte física de la urbe como un elemento importante en la transformación de ciudades, habría que comenzar a considerar que es en la sociedad donde se gestan las inconformidades, problemas y cambios que, en un sentido mucho más profundo, generan emociones y vínculos con la misma ciudad y que allí donde se edifica una estructura vertical de gran tamaño sucederán cosas, es decir, habrá impactos.

La verticalidad urbana 

En países en vías de desarrollo los edificios de gran altura son parte de una verticalidad urbana, la cual puede ser definida como una red de procesos que generan impactos en lo sociocultural, lo político y lo urbano-arquitectónico, que transforman la morfología y las identidades urbanas, estableciendo así puntos de crisis y disputas entre lo que se queda abajo y las nuevas realidades verticales (Rodríguez, 2024). Los cambios y renovaciones llegan a ser muy visibles cuando una estructura de acero, cristal, concreto y muchos otros materiales, son instalados para convertirse en espacios de oficinas, de simulacros de vivienda o vivienda como tal, de reclusión, en otros usos.
      En la verticalidad urbana, que es más que el desarrollo vertical de una ciudad, la meta es tocar el cielo, así como la torre de Babel. Edificios de gran altura se comportan como aquella idea del panóptico y el panoptismo (Foucault, 1994), arquitecturas capaces de ejercer vigilancia sin que los ciudadanos de abajo sepan si están siendo observados. Desde sus interiores y, sobre todo, arriba, la opción es contemplar el paisaje mirando hacia abajo, donde se desglosa un mapa que permite ver mucho, pero sin tantos detalles, algo así como la idea del oligóptico de Bruno Latour (1998), una serie de sistemas de planos del metro de París, que en efecto abarcan gran terreno, pero perdiendo mucha información que sólo a nivel de suelo se hace presente. La dimensión vertical de la ciudad ofrece una combinación de ambos. A través de su altura brindan a sus ocupantes panoramas de la urbe que no están ancladas al suelo, lo que brinda la posibilidad de ver un horizonte mucho más lejano que el ciudadano de a pie puede tener. Así mismo, éste último no tiene certeza de que alguien lo vea desde las alturas (el quinto piso, el décimo o el pent-house). Lo que sí ocurre es que estas modernas torres de Babel se ven desde diferentes puntos de la ciudad. El que no se pueda ver a sus moradores es otro asunto, quizás propio de voyeristas.
      Ahora bien, en general las urbes enfrentan diversos retos, desde su diseño, planeación y construcción, hasta las más variadas problemáticas sociales que en ellas acontecen. Son procesos que parecen no tener fin, en ellas transcurre la vida cotidiana, invariablemente ligadas; sus cambios tardan mucho, el desprecio y las inconformidades que provocan las remodelaciones, edificaciones, redistribución, desvíos, traslados y demás reconfiguraciones, al cabo de un tiempo se incorporan a la paz momentánea de la urbe. Podría parecer inútil estudiar aquello que no causa problemas o que aparenta no cambiar nada en la sociedad y su escenario por excelencia, no obstante, hay un sentido o sentidos que simulan tranquilidad o normalidad donde siempre hay turbulencia. Es así como desarrollos verticales, dígase, Mítikah, la Gran Torre Costanera o la Burj Khalifa, por mencionar unos ejemplos, que en su momento causaron martirios, hoy en día pareciera que más allá de la gran afluencia vehicular, de peatones y uno que otro vendedor ambulante (que, por cierto, no los quieren en sus alrededores), siguen modificando los significados, las prácticas sociales y la imagen de la ciudad. La simple presencia de estas edificaciones plantea transformaciones, la más clara es el paisaje urbano, dominan las alturas, pero ¿qué hay de aquellas otras como la utilización de las banquetas, la seguridad o inseguridad, la relación que atañe a cada edificio con su interior y su exterior? Todo esto se queda abajo, junto con la gente que no forma parte del interior de las modernas torres de Babel.
      Por lo anterior, se plantea que la verticalidad urbana es propia del siglo XXI. Se apoya en certificaciones y reconocimientos; se eleva mediante instrumentos de desarrollo urbano (en el caso de la Ciudad de México, mediante Polígonos de Actuación, Potencialidades de Transferencia, Sistemas de Actuación por Cooperación, Coeficientes de Uso de Suelo -CUS-, Coeficientes de Ocupación de Suelo -COS, Zonificaciones, entre otros); se disfraza de torres de oficinas, de departamentos y conjuntos de usos mixtos; despoja calles, segrega, genera desplazamientos, aumenta el valor del suelo y, a la vez, el de los servicios básicos, transforma territorios e irrumpe en la cotidianidad de identidades urbanas que ya habían echado raíces a nivel de calle. Será que ¿los edificios de gran altura hacen que lo que está a nivel de calle quede relegado? Cuando las torres son vistas a la distancia, da esa impresión, ellas están en lo más alto de la jerarquía urbana, lo demás parece ser parte de otra realidad que no avanza a su ritmo.

De miradas y torres a la distancia

El trabajo de campo en la investigación social, etnográfica, antropológica y demás tipos, tanto en enfoques cualitativos, como cuantitativos y mixtos (posiblemente hermenéuticos y teóricos también), es una parte indispensable para tener un acercamiento empírico al área de estudio, a las personas que hablarán con uno y todas aquellas características que se abordan en la investigación. Pero, algo queda fuera, los trayectos a los lugares donde se hacen las observaciones. Es posible que alguien sí reporte esos trayectos, sin embargo, no ha sido posible identificar alguno.
      Aquí, esos trayectos son el parteaguas del objeto de estudio. A través de ellos fue posible notar que una parte muy significativa de la investigación principal se hacía presente, aunque, de manera disimulada. Las grandes torres, objetivaciones de la verticalidad urbana, parecían estar a la distancia, aguardando serenamente la llegada de aquel que las había elegido unidades de análisis, insinuando “aquí aguardo tú llegada”. A continuación, se desglosan algunas características que componen este ejercicio que no tuvo oportunidad de tener mayor relevancia en la investigación original.

La mirada y la cámara (smartphone)

Ver, observar y mirar no son lo mismo. Ver implica una serie de funciones fisiológicas del ojo, grosso modo, como la captación de luz, su transformación en señales eléctricas y el trabajo que hace el cerebro para que la imagen pueda ser interpretada, además de cierto grado de conocimiento de aquello que se ve para poder designarle alguna categoría acorde al contexto en el que se halla quien ve, lo que se ve y el entorno del que se es parte. Observar es un proceso de identificación, diferenciación, selección, categorización, de establecer relaciones y analizar, como lo que hacen los investigadores. En cambio, mirar es centrar la atención en algo, un objetivo, por caso, las torres antes mencionadas, y sobre ello reflexionar, argumentar, teorizar, pensar. Por eso se dice: “una mirada antropológica”, “la mirada psicosocial”, “miradas contemporáneas de la ciudad postindustrial”, etcétera.
      Por su parte, la cámara fotográfica es un instrumento que captura momentos, parte de la realidad, a veces con la intención de contar una historia, describir un instante o sólo mostrar algo, lo que implica dejar muchas otras cosas fuera de la fotografía. Desde aquellos primeros intentos en el siglo XIX de plasmar imágenes sin la intervención de una mano que las trazara, con las innovaciones de Joseph-Nicéphore Niepce, Louis Jacques Mandé Daguerre, hasta William Henry Fox Talbot, entre otros que trabajaron con litografías, daguerrotipos y demás precedentes de la fotografía (Newhall, 2001). Mientras, las cámaras funcionaban mediante una lente, el plano de la película, un mecanismo de enfoque, el diafragma, un obturador y el visor (Adams, 1980). Hasta la llegada de las cámaras digitales que dejaron fuera la película fotosensible, donde la empresa Kodak, en 1975, integró chips sensibles a la luz y de allí un largo viaje de treinta años hasta la llegada de los teléfonos celulares con cámara (Orozco, 2009), y finalmente los smartphones que presentan mejores resoluciones y almacenan las imágenes en la nube o en tarjetas micro SD (a veces imprimiendo algunas).
      Tanto la mirada como la captura de imágenes mediante una cámara o un smartphone se unen y permiten la captura de una estructura vertical que se ve a metros e incluso a kilómetros de distancia. Donde, por una parte, tenemos esa mirada que reflexiona en torno a la posibilidad de que aquello que se ve y se mezcla con otras estructuras, que queda oculta entre árboles (a manera de justicia ecológica, aunque de manera momentánea) y se pierde entre los colores del cielo, sea una de las unidades de análisis. Por la otra, en que es un momento en el que se quisiera tener un artefacto que pudiera capturar el momento, aquí entra en escena la cámara o el smartphone, resultando en que sí está la posibilidad y se procede a su captura.
      Estos dos elementos son parte de una primera etapa en un trayecto que no parecía tener un mayor protagonismo. En un principio era únicamente llegar del punto A (el hogar, la universidad, el trabajo o algún otro sitio) al punto B (el área de estudio donde se halla la unidad de análisis). Ahora toca hablar de las torres.

Los objetivos (a la distancia)

La segunda etapa implica a los objetivos, es decir, a los edificios de gran altura. En el caso del proceso de verticalización de la Ciudad de México se puede enunciar que “… la incorporación del edificio en altura está asociado a la masificación de corredores terciarios, zonas comerciales, residenciales y desarrollos mixtos en pro de la consolidación de antiguas o nuevas centralidades que buscan en los negocios inmobiliarios maximizar sus rentas.” (Aquino, 2021, p. 27), donde la verticalización corporativa avasalla el paisaje urbano, dominando el funcionamiento de la economía urbana a escala metropolitana y favoreciendo nuevos espacios de globalización.
      Los edificios altos, siguiendo a Víctor Hugo Aquino, tienen categorías, pero entendidas dentro de su contexto, la proporción y tecnología. Así, se consideran edificios altos aquellos que alcanzan los 35 metros de altura y un poco más; dando un salto cuantitativo considerable se dirá que son edificios súper altos los que alcanzan 300 metros y mega altos a los que llegan a los 600 metros, también llamados: supertall o megatall Buildings. Y allí donde la verticalización es construida “… crea nuevas morfologías y formas de comportamiento urbano.” (Aquino, 2021, p. 62).
      Estos edificios de gran altura y varios niveles se distribuyen por toda la urbe. En la llamada ciudad central, compuesta por cuatro demarcaciones territoriales políticas (Miguel Hidalgo, Cuauhtémoc, Benito Juárez y Venustiano Carranza), es en donde se despliegan marejadas de verticales en muy variadas formas, colores, alturas y densidades. Algunas de estas logran ser reconocibles y fácilmente identificables: Torre Latinoamericana, el World Trade Center, Torre PEMEX, Torre Mayor y, se les suman, Torre Reforma, Chapultepec UNO R-509, Torre BBVA, Miyana y Mítikah. Ciudad Viva, entre otras. Por cierto, las últimas cinco fueron construidas en pleno siglo XXI y son expresiones de la verticalidad urbana, las últimas tres son los objetivos que se miraron a la distancia.

Un punto específico en la ciudad o el conocer las distancias: el SIG como apoyo

La tercera etapa implica varios pasos. Primero: con la captura de la imagen de la torre identificada a la distancia se tuvo que registrar el lugar desde donde se logró conseguir la fotografía, en las primeras ocasiones en que se realizó este ejercicio, no estuvo activa la función de la Ubicación en el smartphone, por lo que se optó por brindar una posición aproximada, aunque una vez activada la función tampoco era del todo exacta, por lo que todas las distancias son relativas.
      El segundo. En esta parte se implementó la utilización de un Sistema de Información Geográfica (SIG), los cuales pueden ser definidos como: “una herramienta capaz de combinar información geográfica (mapas...) y alfanumérica (estadísticas…) para obtener una información derivada sobre el espacio.” (Domínguez, 2000, p. 3), además:

Los SIG adquieren una nueva dimensión cuando a los elementos gráficos (los componentes del mapa digital) se les puede vincular con información asociada (denominada atributos asociados), es decir, que a un elemento que representa una provincia le podemos asociar datos como su población en diversos años, su nivel adquisitivo, la incidencia de determinadas enfermedades o los niveles de desempleo. (Calvo, 2019, p. 142)

Los SIG son sistemas complejos que combinan información estadística capaz de vincularse a áreas geográficas específicas, permitiendo obtener radios de influencia, georreferenciar imágenes, hacer proyecciones, entre otras funciones y, a partir de ello, generar cartografía (mapas), la cual es una representación gráfica en 2-D o 3-D que busca aproximarse a la realidad.
      Ahora bien, para la investigación se usó el software QGIS, el cual es un SIG de código abierto, con el que se generó cartografía, no obstante, únicamente se abordará lo concerniente al cálculo de las distancias. Ya identificada una torre, capturada su imagen y señalada la ubicación, se procedía a hacer la observación correspondiente en los alrededores del área de estudio o, bien, la actividad que se estuviera llevando a cabo, como ya se había mencionado, la captura de imágenes también se realizó en momentos cuando no se tenía previsto hacer observaciones, oportunidad brindada por la cuasi-etnografía sociotécnica.
      A manera de nota. Los smartphones y ciertas aplicaciones permiten conocer la ubicación en tiempo real, además, Google Maps es capaz de trazar una línea que permite conocer la distancia entre el lugar donde se halla el usuario hasta el lugar de interés. Sin embargo, no se usaba esta función, pues, por motivos de seguridad, no resultaba conveniente el uso prolongado del dispositivo móvil en las calles.

Las torres dominan las alturas

Finalmente, la cuarta etapa fue la generación de cartografía tras obtener las distancias en el programa QGIS. Para no saturar de imágenes el presente documento, sólo se muestran tres mapas y tres fotografías que, si bien parecen pocas, se considera que ejemplifican el argumento de este artículo. Además, podría ser repetitivo, pues, la exposición consiste en describir la imagen y mostrar el mapa donde se halla la distancia calculada.
      El primer ejemplo es Torre BBVA. El viernes 15 de julio de 2022, desde la Alcaldía Miguel Hidalgo, se lograban ver cuatro edificios altos: Torre Reforma, Torre Mayor, Chapultepec UNO R-509 y Torre BBVA (Figura 1).
      Alrededor de las 16 horas el cielo se encontraba nublado, pero estos gigantes de acero y cristal lograban destacar, pues las demás edificaciones sólo alcanzaban la mitad de su tamaño. No fue posible capturar una imagen que mostrara lo que se halla a nivel de banqueta, en parte porque inmuebles contiguos a la alcaldía imposibilitaron contar con esa perspectiva. Todo esto ocurrió un día donde no había intención alguna de hacer trabajo de campo, sino que por dirigir la vista hacía el nornoreste la mirada se centró en aquel paisaje dominado por la verticalidad urbana.

Figura 1. Torre BBVA vista desde la alcaldía Miguel Hidalgo

Fuente: Elaboración propia.

Al llegar a casa se procedió a trabajar con QGIS y así conocer la distancia a la que fue posible distinguir a la Torre BBVA y sus vecinas. El programa arrojó que la distancia entre el edificio y la posición desde donde se capturó la imagen fue de 2.483 kilómetros, aproximadamente (Figura 2).

Figura 2. Distancia aproximada entre Torre BBVA y la alcaldía Miguel Hidalgo

Fuente: Elaboración propia.

El segundo ejemplo es el conjunto de usos mixtos Miyana. El lunes 7 de agosto de 2023, tras haber notado que desde el puente vehicular que conecta avenida Aquiles Serdán, Calzada Legaria, avenida México Tacuba y Marina Nacional, se podía ver Miyana. Días antes se pudo obtener un video en el que se aprecia esa vista, sin embargo, tras hacer una captura de pantalla era evidente que no era una buena imagen. La opción fue tratar de localizar un sitio desde donde pudiera ser fotografiado el inmueble. Se eligió el estacionamiento de Walmart Azcapotzalco, ubicado en Calle Camino a Nextengo, Santa Apolonia, Azcapotzalco, C.P. 02790, Ciudad de México. La imagen muestra a la torre más alta del complejo oculta entre los árboles del parque Bicentenario (Figura 3).

Figura 3. Miyana capturada desde el estacionamiento de Walmart Azcapotzalco

Fuente: Elaboración propia.

Al igual que con Torre BBVA, se recurrió a QGIS para el cálculo de la distancia entre Miyana y el estacionamiento de Walmart Azcapotzalco. El software indicó que entre estos dos puntos hay, aproximadamente, 3.585 kilómetros que los separan (Figura 4).

Figura 4. Distancia entre Miyana y el parque Bicentenario

Fuente: Elaboración propia.

Finalmente, el 1 de abril de 2023, al asistir a un evento familiar en el pueblo de San Andrés Ahuaya- can, demarcación territorial Xochimilco, sin tener muy claro en dónde se hallaban los puntos cardinales, la mirada se dirigió hacia donde el cielo dominaba el paisaje, aunque con mucha contaminación, entre todos esos gases contaminantes se podían ver edificios de gran altura distribuidos de manera irregular por toda la urbe. Entre esas edificaciones se podía notar una que ha causado grandes impactos en el pueblo de San Se- bastián Xoco, demarcación Benito Juárez. Mítikah (Figura 5) se encontraba allí, hacia el norte, aguardando entre los tonos grises, aparentando ser muy pequeña a pesar de sus 68 niveles y una altura de 267.30 metros, que la hacen, hasta el momento, la torre de vivienda más alta de América Latina.

Figura 5. Mítikah. Ciudad Viva vista desde el pueblo de San Andrés Ahuayacan

Fuente: Elaboración propia.

Tras permanecer en el festejo y regresar a casa por la tarde, se procedió a calcular la distancia. En esta ocasión fue un poco difícil identificar el pueblo en QGIS, sin embargo, al final sí se pudo encontrar una ubicación aproximada a la vivienda de los familiares donde fue la reunión. Fue sorprendente saber que la distancia entre el pueblo de San Andrés Ahuayacan y Mítikah es de 15.746 kilómetros, aproximadamente (Figura 6), lo que la hace la mayor distancia calculada en este ejercicio.

Figura 6. Distancia entre Mítikah. Ciudad Viva y el pueblo San Andrés Ahuayacan

Fuente: Elaboración propia.

Estos tres ejemplos de verticalidad urbana tienen ciertas diferencias. Pertenecen a demarcaciones territoriales diferentes. Dos son conjuntos de usos mixtos (Miyana y Mítikah) y el otro es un edificio de oficinas (Torre BBVA). Sin embargo, comoya se había mencionado, formanpartede la llamada ciudad central, son edificaciones altas, por lo que no pasan desapercibidas, de acuerdo con sus contextos particulares todas han causado molestias durante su construcción y ahora, para bien o mal, ya forman parte de sus respectivos territorios. Son lugares a los que se puede acceder, pero hasta cierto punto, tienen sitios específicos donde el acceso es controlado, vigilado y privado. Todas han causado cambios significativos en los territorios donde fueron erigidas. Por ejemplo, la dominación del paisaje que, acompañados de otros desarrollos verticales, crean una especie de muralla que rodea a las comunidades originarias, oculta las casas y limita la luz solar a aquello que no hace juego o sentido social, económico ni edilicio con su espectacularidad.
      En efecto, son estructuras pensadas para llamar la atención, demostrar poder, capacidad económica y marcan ritmos completamente diferentes a lo que no se puede ver a la distancia por estar a ras de suelo. Su realidad está hecha de velocidad, números, innovaciones tecnológicas, contratos millonarios y una indiferencia hacia las calles, su trazado y los habitantes previos. Son estructuras verticales que dominan las alturas y miran hacia abajo donde se halla una ciudad que tiempo atrás fue bajita y que ahora sube y baja entre sus marejadas verticales fragmentadas

Lo que se queda abajo (resistiendo)

Una vez que lo vertical domina las alturas, el plano horizontal pareciera servir únicamente como el soporte de las modernas torres de Babel. No es así. En las calles se hallan múltiples formas de vida urbana, donde se comparte y disputa el espacio, y se construyen memorias e identidades. Allí abajo parece reinar el desorden, pero no tiene sus propias reglas, se puede decir que es un espacio negociado (Duhau y Giglia, 2008). Así la calle, tan plana, con ondulaciones, pendientes, desniveles, amplias, estrechas, con banquetas, sin éstas, con baches, transitada o desierta, se extiende como “un espacio público y simbólico que se transforma cotidianamente, debido a que se trata de una objetivación cultural […]. En este sentido la calle es una expresión de la cultura de una sociedad” (Bautista, 2005, p. 255), usada como punto de reunión, de venta, juego, de plática, tránsito y cuantas otras actividades se puedan realizar en ella.
      En lo horizontal también se quedan los lugares de antaño, aquellos espacios llenos de memorias que “llevan nuestra marca y la de los demás” (Halbwachs, 1950, p. 132), que forman parte del territorio y de sus habitantes, por ejemplo, tiendas, peluquerías, cantinas, mercados, tianguis e, incluso, las esquinas de las calles. Sitios que la verticalidad urbana desdeña, como insinuando que no están a su altura, pues cuentan con tiendas de conveniencia, también conocidas como de 24 horas, albercas, spas, gimnasios y otras amenidades dentro de sus microciudades verticales. Los lugares de antaño servían para hacer vecindad, crear vínculos. Los que tienden a lo vertical habitan el ciberespacio, recluidos en sus ghettos voluntarios por temor a la ciudad (Bauman, 2005).
      Todo lo que se queda abajo tiene forma de nostalgia, pero, no es esa que se hace melosa y parece más una melancolía o que apunta a la depresión, como una sensación de paralizar la vida y que se muestra pasiva, sino la que rememora para no olvidar lo que se es y, a partir de ello, plantarle cara a las injusticias que buscan borra los artefactos de la memoria que brindan identidad. Es una nostalgia que se vuelve creativa, pues se organiza, toma las calles, hace ruido, se torna política y piensa más en el futuro:

La verdadera nostalgia, la más honda, no tiene que ver con el pasado, sino con el futuro. Yo siento con frecuencia nostalgia del futuro, quiero decir, nostalgia de aquellos días de fiesta, cuando todo merodeaba por delante y el futuro aún estaba en su sitio. (Marsé, 1993, p. 9)

Esta nostalgia se materializa. Se juntan dos, luego se les suman diez y unas cuantas almas más que notan que algo los consume, se lleva sitios, a sus conocidos de la infancia, reubica mobiliario urbano, cambia el nombre de las calles y, como ya se había mencionado, domina las alturas. Cuando se forman se les llama urbanismo participativo, los cuales son:

procesos colectivos de demanda que se manifiestan vía la apropiación de espacios por procesos ciudadanos; también aseveramos que dicha apropiación contiene componentes de otro proyecto de hacer ciudad. En conjunto, demanda y apropiación mantienen vigente la lucha contra la desigualdad y lo que la genera (de la Torre, 201G, p. 113).

También se les ha dado el nombre de acción-movilización vecinal o movilización colectiva que se construye a partir de una identidad cultural (Padrón, 2015); décadas atrás, en el caso local, se englobaron como: movimiento urbano popular mexicano (Moctezuma, 1984). Actualmente, existen grupos de ciudadanos organizados que adoptan diferentes nombres, como: asambleas ciudadanas (Asamblea Ciudadana el Pueblo de Xoco, Asamblea Constituyente de la Ciudad de México), comités ciudadanos (Granadas Resilientes, Comité Ciudadano Ampliación Granada), observatorios ciudadanos (06600 Observatorio y Plataforma Vecinal de la Colonia Juárez), asociaciones (Asociación Civil Suma Urbana, Asociación de Residentes de la colonia Hipódromo), entre otros.
      La propuesta aquí es considerar que todas estas formas de organizarse parten de la defensa de sus identidades urbanas, donde tras los impactos generados por la verticalidad urbana suceden dos procesos que las afectan. Por una parte, se pierden o desvanecen ciertos lugares (locales como las misceláneas cierran), personas (por incremento en las rentas o presiones para vender, son desplazadas), actividades (los juegos en las calles tras el incremento del tránsito vehicular se hacen peligrosas), los sonidos y olores (de fábricas, locales de comida), hasta la posibilidad de mirar al horizonte y ver montañas, cerros o volcanes se pierde entre los grandes edificios que llegaron para quedarse.
      Por la otra, tras haber presenciado todo lo mencionado en el párrafo anterior, los vecinos, desde los originarios, generaciones nuevas y quienes quizás no tengan mucho tiempo residiendo en la zona, se informan. Primero de manera individual, después se juntan y notan que tienen inquietudes similares, problemáticas que atañen a todo el territorio; se organizan y finalmente comienzan una lucha por la defensa de sus identidades. A éstas se les denominó identidades urbanas latentes, las cuales describen una situación de un actor colectivo que se encontraba dormido o en reposo, pues los males urbanos eran procesos de largo aliento y no afectaban drásticamente la cotidianidad. Con el arribo de la verticalidad urbana y su capacidad para transformar el entorno, dominar las alturas, causar segregación y desplazamientos, surge un espíritu que lucha o resiste contra esos impactos adversos para ellos. Comienzan a defender sus identidades y los diferentes lugares que les dan sentido, sin que esto se entienda como una manera de oponerse al cambio, progreso o modelos de ciudades sustentables, sino de simplemente señalar abusos e irregularidades que poco a poco los han ido encerrando, sin embargo, este nuevo rol ya las ha modificado, pues tuvieron que tornase más políticas.
      Lo que se queda abajo le toca el papel de resistir. Mientras, la verticalidad urbana se alza y, si a la distancia ya domina el paisaje y hace que lo que está en el suelo no parezca tan relevante, en la cercanía encierra, presiona y genera conflictos (cierre de calles, manifestaciones públicas, paralización de obras, peleas entre los mismos vecinos, etcétera) e incertidumbres (por falta de agua, problemas de movilidad, incremento en el precio de los servicios básicos, el ser desplazados, entre otras). Henri Lefebvre ya lo había dicho, “La verticalidad simboliza Poder” (1976, p. 88), un poder que jerarquiza la ciudad, la fragmenta, transforma territorios, desvanece identidades y domina el paisaje a la distancia.

Conclusión/reflexión

En la investigación se abordaron tres ejemplos: Miyana, Torre BBVA y Mítikah. Ciudad Viva, pertenecientes al silgo XXI, para argumentar que la verticalización de la ciudad domina el paisaje. Arquitecturas que reciben reconocimientos y premios por ser edificios sustentables. Gigantes que se notan a la distancia y dominan las alturas. Su contexto dentro de la Ciudad de México no las encierra en un caso particular, ya que esto mismo pasa en otras ciudades, sobre todo en aquellas que están en vías de desarrollo, donde la dimensión vertical se hace presente a diferentes escalas. Al mirarlas a la distancia, además de notarlas por su altura, es posible distinguir que son acompañadas por ese mar de verticales que se levanta por toda la urbe, algunos igual o más importantes que los que aquí se miraron. Si bien no hubo un ejercicio que permitiera saber si la gente conoce alguno de los edificios y, sobre todo, sabe qué hay abajo de ellos o cuál es el territorio donde fue construido, el simple hecho de contemplarlas a la distancia es muestra de la espectacularidad de la dimensión vertical de la ciudad.
      Así mismo, la opción de recuperar algo que se dio en los trayectos para hacer observaciones fue un punto especial, pues permitió notar que la dimensión vertical de la ciudad es capaz de dominar el paisaje, ya que no sólo las unidades de análisis resaltaban, sino que más torres distribuidas por la ciudad se hicieron presentes, lo cual llevó a preguntarse ¿En dónde están ubicadas todas esas torres? De algunas se sabe el lugar donde fueron construidas e, incluso, las afectaciones que ocasionaron, pero muchas otras no. Entonces, se podría decir que es fácil reconocer la Alvear Tower de Argentina, pero ¿Qué hay a sus alrededores?
      ¿Aún hay indicios de lo que hubo allí y qué tan diferente era? ¿Qué pasó antes, durante y después de su construcción? Es algo difícil, aún para los especialistas, conocer este tipo de datos y lo mismo con las torres de esta investigación.
      Por otra parte, el trayecto también permitió identificar fases (la mirada, los objetivos, trabajo con el SIG y el cálculo de las distancias), instrumentos (el smartphone o la cámara), tecnologías (QGIS) y condiciones que interactuaban para poder generar una imagen de algo que en un contexto diferente carecería de sentido, ya que la foto por sí sola no destacaría la torre observada, desde esta perspectiva, jugaría en su contra. En el marco de la investigación, la distancia le da potencia para generar el argumento que sostiene que la verticalidad urbana domina las alturas.
      Lo que se queda abajo son formas de un pensamiento horizontal construido a través de los años, de ritmos lentos, lugares que se hicieron familiares, de relaciones positivas y negativas, donde las transformaciones urbanas no trastocaron la cotidianidad, identidad ni memorias en los territorios. Pero, cuando llega la verticalidad urbana, en pleno siglo XXI, todo cambia. Surgen procesos de desplazamientos, segregación, discriminación y control del paisaje, el conflicto y las incertidumbres se hacen presentes. Lo que provoca el despertar de un espíritu de lucha a través de la organización de los habitantes, formando así a las identidades urbanas latentes, quienes son los actores que hacen frente a una depredación desde el plano vertical que arrasa con formas del plano horizontal. Esto es parte de una red de procesos que aún se están desarrollando, pues la ciudad al transformase constantemente no da tregua y, ahora, poco a poco domina las alturas. Abajo, la idea no es oponerse al progreso ni al desarrollo urbano, sino al despojo y las falsas promesas que arrebatan la tranquilidad de territorios donde sus habitantes tuvieron que aprender a politizarse ante ese plano vertical que ahora domina las alturas.

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