Modos de hacer -expresar, ver y andar- la ciudad. Reflexiones a partir de talleres de narrativas visuales con jóvenes de la periferia urbana de La Plata, Argentina.

Cómo citar: Trebucq, C.& Segura, R. (2025).
Modos de hacer -expresar, ver y andar- la ciudad. Reflexiones a partir de talleres de narrativas visuales con jóvenes de la periferia urbana de La Plata, Argentina,
URBEāctĭo, Vol. 2, Núm. 3, pp 6-25. ISSN 3061-8290.

https://doi.org/10.70207/20ecba67

Resumen:

Este artículo reflexiona sobre la productividad (metodológica y sociológica) de los talleres de narrativas visuales realizados con jóvenes de Villa Elvira, localidad de la periferia de la ciudad de La Plata (Argentina), para la exploración de la experiencia urbana. A partir de la descripción y el análisis de la dinámica entre prácticas, imágenes y palabras generada durante los talleres, el artículo delimita tres “modos de hacer”: 1) los talleres como “modo de expresar” (esto es, de mostrar y de decir) la experiencia urbana juvenil desde la periferia, la cual se caracteriza por 2) un “modo de andar” por el barrio y la ciudad, en el que se entrelazan distancias, condiciones, tiempos y deseos que dan lugar a 3) un “modo de ver” la ciudad, producto de un relación situada (desde los márgenes) entre mirada, cuerpo y mundo. Los talleres propician el diálogo recursivo entre datos novedosos y esfuerzos interpretativos que nos invitan a “abrir” la experiencia urbana juvenil desde la periferia, la cual no se agota en las condiciones desiguales en las que viven, sino que también se expresa en los modos de hacer, de mostrar, de decir y de ver a partir de un habitar periférico.

Palabras Claves: Fotografía, taller de narrativa visual, experiencia urbana, modo de hacer, juventud.

Abstract:     

This article reflects on the productivity (methodological and sociological) of visual narrative workshops conducted with youth from Villa Elvira, a locality on the periphery of the city of La Plata (Argentina), for the exploration of urban experience. From the description and analysis of the dynamics between practices, images and words generated during the workshops, the article delimits three “modes of doing”: 1) the workshops as a “way of expressing” (that is, of showing and saying) the youth urban experience from the periphery, which is characterized by 2) a “way of walking” through the neighborhood and the city, in which distances, conditions, times and desires are intertwined, giving rise to 3) a “way of seeing” the city, the product of a situated relationship (from the margins) between gaze, body and world. The workshops encourage a recursive dialogue between new data and interpretative efforts that invite us to “open up” the urban experience of young people from the periphery, which is not limited to the unequal conditions in which they live, but is also expressed in the ways of doing, showing, saying and seeing from a peripheral dwelling.

Keywords: Photography, visual narrative workshop, urban experience, way of doing, youth.

Introducción

Este artículo busca reflexionar sobre la fotografía -más concretamente, sobre la productividad de los talleres de narrativas visuales- en la indagación de experiencias urbanas de jóvenes de sectores populares que habitan en la localidad de Villa Elvira, en la periferia de la ciudad de La Plata, Argentina.
      Villa Elvira es una de las localidades periféricas más grandes en extensión y población de La Plata, una ciudad que cuenta con configuración centro-periferia (Segura, 2015) que se expresa en un claro contraste entre un espacio central planificado a fines del siglo XIX, con una estructura urbana consolidada, arquitectura monumental, espacios públicos verdes equidistantes y predominio de clases medias, y una expansión periférica extensa, difusa, fragmentada y socialmente heterogénea, con predominio de sectores populares. Tradicionalmente un barrio de trabajadores, con fuerte presencia de la migración italiana, con la desarticulación del mundo industrial y las transformaciones socioespaciales del neoliberalismo a partir de la década del ´90, como en muchas otras barriadas populares, en Villa Elvira se consolidaron experiencias de socialización juvenil en espacios socioeconómicos homogéneos que cristalizaron en trayectorias diferenciadas por clase (Chaves, 2003).
      Sobre este panorama, en lo que va del siglo XXI se asiste a la multiplicación de loteos y desarrollos inmobiliarios, destinados mayormente a las clases medias, que impacta en las prácticas y las movilidades juveniles populares. Estos nuevos espacios residenciales suelen contar con una mejor conexión al centro de la ciudad (están localizados cerca de las principales vías de comunicación y cuentan con acceso a los medios de transporte público) y con servicios e infraestructuras urbanas de calidad, y tienen como contraparte el corrimiento de los sectores populares hacia tierras más alejadas con conexiones deficitarias con otras áreas de la ciudad, quedando relegados, en general, a zonas aledañas con graves problemas socio-ambientales (RENABAP, 2022). Estas transformaciones barriales, que las y los jóvenes observan y relatan, parecieran profundizar procesos de fragmentación socio-urbana (Saraví, 2015) al generar espacios residenciales contiguos, pero con condiciones habitacionales desiguales y con creciente desconexión entre sí.
      Los talleres de narrativas visuales implementados con jóvenes de Villa Elvira sobre los que se reflexiona en este artículo fueron pensados como una herramienta y una experiencia para explorar de manera renovada y por otras vías y soportes los circuitos y sociabilidades populares en la ciudad. Existe una larga y heterogénea historia de exploración social con fotografías que busca ir más allá de su uso tradicional como ilustración que tempranamente cuestionó Malinowski (1977). En este sentido, la antropología y la sociología “visuales” (Harper, 2012) han enfatizado el carácter de la imagen simultáneamente como medio, recurso y dato de la investigación social. En efecto, las imágenes están presentes en al menos cuatro operaciones analíticas que abarcan desde los procesos de producción social de lo visual hasta los procesos de producción visual de lo social (Bericat, 2011): la comprensión de la cultura visual, el análisis de productos visuales, la producción de datos visuales y la compresión de la visualidad (los modos de ver). Antes que ilustración subordinada a la palabra o evidencia indiciaria de un hecho, en estas operaciones analíticas se asume el carácter inmanentemente ambiguo de la fotografía que remarcó Berger (2000), esto es, la fotografía como un producto que aísla las apariencias en un instante inconexo, por lo que requiere de apoyos externos (palabras, otras imágenes, números) para determinar su significado y que, por lo mismo, es la vez débil en significado y abierta a múltiples significaciones.
      Dentro de este marco general, los talleres fotográficos brindan -como remarca Triquell (2015)-la posibilidad de trabajar con imágenes producidas en los contextos mismos de investigación por sus participantes. Esto permite acceder a la genealogía completa de la imagen: las relaciones con la técnica y las decisiones estéticas en el proceso de elaboración de la imagen, las negociaciones sobre su entorno de circulación inmediato y las reflexiones colectivas que se generan en la instancia de edición y visionado. Para nuestra investigación, los talleres consistieron en un espacio-tiempo que habilitó a jóvenes de la periferia de la ciudad a mostrar, hablar, jugar y reflexionar acerca de su experiencia urbana en la ciudad. “Sería penoso -escribió Howard Becker (2015: 33)- concentrarse en nombres y no en verbos, en los objetos y no en las actividades”, por lo que cuando en este artículo hablemos de “una fotografía” nos estamos refiriendo a  “hacer una fotografía” y/o a “ver una fotografía”. En este sentido, el “hecho-visual” que se despliega en el taller puede entenderse -siguiendo a Moncrieff Zabaleta y Espinoza Nieto (2024)- como la materialidad y la performatividad recreadas por las miradas cruzadas, teniendo en cuenta la realidad social producida por la historia, la práctica y la cultura textual y no-textual de quienes “ven” y quienes son “vistos”.
      Los talleres de narrativas visuales sobre los que aquí se reflexiona fueron producto del intercambio y el diálogo entre distintos proyectos colectivos de investigación que comparten el interés por la exploración de dinámicas urbanas a través de herramientas y dispositivos centrados en la imagen y la fotografía, y la investigación doctoral en curso de Camila Trebucq sobre circuitos urbanos, desigualdades sociales y sociabilidad juvenil en la ciudad de La Plata. En este sentido, los talleres con jóvenes llevados adelante en Villa Elvira tomaron como modelo -y adaptaron a las circunstancias específicas del campo y a los recursos disponibles- los lineamientos propuestos por Cristina Bayón, Gonzalo Saraví y Henry Moncrieff para el desarrollo de talleres análogos en Ciudad de México. Los encuentros tuvieron como propósito que los/ as jóvenes produzcan imágenes sobre sus experiencias cotidianas en la ciudad, focalizando en objetos, situaciones, personas y/o lugares que para ellos/as son relevantes, problemáticos y/o atractivos. La apuesta por los talleres consistió, en definitiva, en desplegar una estrategia metodológica cualitativa que descansa en la producción -y el diálogo acerca- de fotografías para “abrir” la experiencia urbana de las y los jóvenes de la periferia de la ciudad.
      En lo que sigue, después de presentar sintéticamente el diseño del taller con sus encuentros, actividades y objetivos en el próximo apartado, el artículo cuenta con tres secciones que se abocan a reflexionar sobre “modos de hacer” (De Certeau, 2000) que el propio taller propicia: modos de expresar, modos de andar y modos de ver. Mientras la primera de estas tres secciones se detiene específicamente en lo que se produce en el espacio-tiempo de los talleres de narrativas visuales -un modo de producir imágenes, de “mostrar” y de “decir” a partir de ellas, esto es, un modo de expresar-, las otras dos secciones se destinan a reflexionar sobre lo que los talleres muestran respecto a la experiencia urbana juvenil: modos de andar por la ciudad y modos de ver el espacio urbano. Cierran el artículo unas breves reflexiones finales sobre la productividad metodológica y sociológica de la experiencia de los talleres.

Los talleres

Durante 2024 se llevaron adelante dos experiencias del taller de narrativas visuales en el marco de dos organizaciones sociales de Villa Elvira: Casa Joven B.A. y Red Urbana de Estrategias de Abordaje Territorial (RUEDAT). La primera es un centro de día que forma parte de la Obra del Padre Cajade. Fundada en el año 2009, abre sus puertas semanalmente para brindar actividades recreativas y educativas para jóvenes de 12 años en adelante. Por su lado, RUEDAT es una Asociación Civil que realiza tareas comunitarias diarias con niños/as y jóvenes hace más de 7 años. Ambas organizaciones comparten el mismo territorio (Villa Elvira), los mismos destinatarios (niños/as y jóvenes de sectores populares) y la particularidad de que actualmente están sin espacio físico propio, lo cual lleva a que realicen actividades en distintos lugares que los vecinos u otras organizaciones barriales les prestan.
      La planificación general de los talleres en ambas organizaciones estuvo a cargo de la totalidad del equipo de investigación, en diálogo con referentes de las organizaciones. La participación por parte del equipo implicó una adecuación a los modos y reglas de funcionamiento de cada espacio, pactando previamente el número de investigadores/as que asistieron a los encuentros, en pos de lograr un equilibrio entre la cantidad de éstos y los/as jóvenes. Se definió un número mínimo y máximo de investigadores/as y se distribuyeron roles rotativos para cada encuentro. En todos los talleres, al menos una persona debía estar encargada del registro de la actividad, tanto escrito como visual, sonoro y/o audiovisual. El resto del equipo (no más de tres personas) debía encargarse de coordinar la dinámica planificada para ese día, acompañado por referentes de las organizaciones, quienes estuvieron presentes durante toda la experiencia. Otro requisito para nuestra participación, en el caso de RUEDAT, se vinculó a la especificidad del espacio en el que se insertó la propuesta, el “Taller de pibas y disidencias”. Es por ello que se pactó previamente la participación solo de mujeres investigadoras en el desarrollo de cada uno de los encuentros del taller.

Foto N° 1. Reunión del taller de narrativas visuales.

Fuente: Registro propio del taller.

El taller en Casa Joven B.A. constituyó una experiencia piloto que funcionó posteriormente como insumo para planificar la experiencia en RUEDAT. Los encuentros en Casa Joven B.A. se enmarcaron en el “taller de recreación” de la organización, destinado a jóvenes y niños/as entre 6 y 18 años. Con una periodicidad semanal, su objetivo consiste en generar espacios de recreación y ocio para las y los participantes, en pos de efectivizar el derecho al juego, el cual se ve dificultado por experiencias laborales a temprana edad y/o sobrecarga de tareas de cuidado de hermanos/as más pequeños u otros familiares, así como también por la falta de propuestas y espacios recreativos cercanos a los lugares donde viven. Por su parte, la experiencia en RUEDAT se enmarcó en el “Taller de pibas y disidencias”, destinado a jóvenes de 12 años en adelante. Describiremos detalladamente la experiencia en RUEDAT para dar cuenta del desarrollo de la propuesta, las actividades planificadas y la recepción por parte de las jóvenes que participaron.
      El taller se compuso de ocho encuentros semanales realizados a lo largo de dos meses. Cada encuentro se planificó con objetivos específicos, diagramados entre el equipo de investigación, las referentes del espacio y, en algunos casos, las participantes del taller. La concurrencia fue variando entre cada encuentro, oscilando entre 12 y 20 jóvenes.
      El primer encuentro se destinó a la presentación de las integrantes del equipo de investigación y de las jóvenes, a partir de ejercicios para socializar y reponer conocimientos básicos sobre técnicas fotográficas (encuadre, iluminación, etc.) y la utilización de cámaras digitales. Los encuentros siguientes (2 y 3) tuvieron como objetivo la identificación de recorridos que realizan las jóvenes por la ciudad a partir de la construcción de un juego de mesa, incorporando actores, actividades, espacios, tiempos e infraestructura y servicios urbanos que desde su perspectiva son relevantes para moverse por la ciudad.

Foto N° 2. Juego de los recorridos por la ciudad

Fuente: Registro propio del taller.

El diseño del juego de mesa implicó la elección, por parte de las participantes, de un recorrido a plasmar, definiendo un punto de partida y otro de llegada. Una vez definidos ambos puntos, se diagramaron los distintos casilleros intermedios del recorrido, es decir, los lugares por dónde debían pasar para llegar a destino. Al finalizar la confección del tablero se avanzó en el diseño de las cartas del juego, las cuales podrían facilitar o dificultar el recorrido propuesto. Estas cartas se dividieron en 6 categorías: a. Personas que podrías cruzarte en el recorrido; b. Actividades a realizar durante el recorrido; c. Condiciones climáticas; d. Cartas alerta (imprevistos que surjan); e. Cartas “salvavidas” (ayudas durante el recorrido); f. Cartas en blanco para otras situaciones que se les ocurrieran.
      Divididas en dos grupos, comenzaron a diseñar el tablero y las cartas del juego contemplando el itinerario que cada grupo eligió. Mientras uno de los grupos seleccionó como destino el El Paseo del Bosque de la ciudad de La Plata (popularmente conocido como “el bosque”), un espacio público emblemático de la ciudad planificada, el otro grupo eligió el recorrido que realizan desde sus casas hasta la Municipalidad de La Plata, centro geográfico del trazado fundacional de la ciudad, en el que muchas jóvenes suelen sacarse fotos por sus cumpleaños de 15. Ambos recorridos elegidos tuvieron como punto de salida Villa Elvira y como lugar de llegada un espacio dentro del casco urbano. En ambos recorridos aparecía la rambla de 72 -estructura vehicular que funciona como límite del trazado fundacional- como un punto a “atravesar” y los recorridos que dibujaron solían replicar los itinerarios del transporte público, más específicamente de dos líneas de colectivos (ESTE y 307), que son los que pasan cerca de sus casas y que utilizan a diario.
      Al encuentro siguiente (4), socializamos entre todas los recorridos plasmados y elegimos un lugar para realizar la salida fotográfica al sábado siguiente. La consigna intentó ser lo más abierta posible: podían elegir algún lugar que quedara cerca o lejos, que ya hayan ido o que no conozcan. Propusieron dos opciones, ambas localizadas dentro del trazado fundacional: el parque Saavedra y el bosque, dos amplios espacios verdes públicos con instituciones culturales, ferias y lago artificial. Tras la realización de una votación entre todas las presentes, ganó la opción de ir al bosque.

Para el encuentro 5 se planificó la salida fotográfica. Las jóvenes propusieron un horario más temprano que el habitual, que sea mejor para sacar fotos. Acordamos encontrarnos el sábado a las 11 de la mañana en 1 y 60. Algunas de las jóvenes fueron directo en micro hasta el punto de encuentro y otras llegaron junto a las talleristas en auto. Una vez dentro del bosque, armamos duplas, repartimos las cámaras y comenzamos los recorridos. Las talleristas nos distribuimos una por cada dupla de jóvenes, para poder registrar lo que sucediera. Casi todas las jóvenes comenzaron fotografiando la cancha de fútbol de un equipo de la ciudad, Gimnasia y Esgrima de La Plata, por lo que compartimos ese inicio con casi todas las duplas. Luego realizamos recorridos diferentes. Pudimos ver el Museo de Ciencias Naturales, el Observatorio Astronómico, la Facultad de Astronomía, la feria artesanal… Preguntamos dónde querían ir y respondieron al Museo, pues nos contaron que nunca habían ido. Al llegar a la entrada principal del Museo no pudimos ingresar, pues debían pagar (menores de 12 años y estudiantes universitarios entran gratis, pero ellas quedaron justo en el medio). Sacaron fotos del hall de entrada y de lo que llegaban a ver desde la puerta. Cruzamos entonces hacia el ex Zoo, donde nos encontramos con casi todos los grupos. Nos acercamos a las rejas del zoológico e intentamos ver desde ahí algunos de los animales que aún quedan. Varias de las chicas se treparon a las rejas para ver si lograban ver algo. Algunas se agacharon y corrieron las ramas de los árboles para encontrar otros puntos de vistas haciendo zoom con sus cámaras. Lograron ver monos, patos, carpinchos y gansos. Les sacaron fotos y se emocionaron al verlos. Nos preguntaron si podían treparse y entrar al zoológico, a lo que respondimos que no. Una de las chicas dijo: “otro día venimos de noche, nos trepamos y entramos”. Posteriormente algunos grupos decidieron recorrer la zona de los juegos y mesitas paralela al lago del bosque, mientras fotografiaban a las parejas y personas que paseaban por allí. Seguimos caminando hacia la zona de las grutas frente al lago y ellas comenzaron a experimentar con la perspectiva, el encuadre y la posición de la cámara tomando como eje la altura, las escaleras y las distintas zonas del lugar. Como en otras oportunidades durante la salida, charlaban con los paseantes y les sacaban fotos pidiéndoles permiso o solicitando directamente que posaran para ellas. Tras dos horas de paseo nos dirigimos hacia una mesita ubicada en la zona de los juegos donde habíamos acordado previamente detenernos a comer. Mientras compartimos mates y sanguchitos, surgían conversaciones sobre distintos temas: fútbol, plazas y espacios públicos de la ciudad, lugares conocidos/desconocidos del bosque, salidas “al baile”, anécdotas en la escuela, cobros del Envión . Para las 13.30hs nos tomamos una foto grupal y volvimos charlando, nos distribuimos entre los autos disponibles para regresar al barrio y quedamos en vernos al miércoles siguiente. Para ese momento todas estábamos contentas con la actividad y las chicas nos pidieron volver a vernos en la semana.

Foto N° 3. Salida fotográfica a El Paseo del Bosque

Fuente: Registro propio de la salida.

Los encuentros siguientes del taller (6 y 7) se orientaron al visionado colectivo de imágenes tomadas por las jóvenes en recorridos grupales e individuales. Algunos momentos estuvieron destinados a visionar las fotografías tomadas durante la salida al Bosque de la ciudad de La Plata y otros a explorar las imágenes tomadas por algunas de las jóvenes durante su cotidiano. En efecto, transitando los últimos encuentros del taller, sumamos otra actividad (“la cámara viajera”) que consistía en que los/as jóvenes se lleven una cámara de fotos por una semana y retraten espacios por los que transitan cotidianamente.
      Como cierre de esta experiencia, las jóvenes propusieron realizar una muestra de las producciones fotográficas y lúdicas elaboradas en el marco del taller en la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Nacional de La Plata, sitio donde el equipo de investigación tiene su lugar de trabajo. La muestra fue planificada enteramente por las jóvenes, el equipo de investigación acompañó gestionando los permisos y elementos tecnológicos necesarios para realizar la actividad. Las jóvenes titularon la muestra como “Feria entramada”, en alusión a la dinámica planificada. Ésta pretendió no generar un formato expositor-público, sino más bien fomentar el desplazamiento por distintas postas en las que el público podía detenerse, mirar, preguntar y/o escuchar. Las postas planificadas por las jóvenes fueron: 1. Muestra fotográfica de la salida a El Paseo del Bosque; 2. Juego de los recorridos cotidianos; 3. El libro del taller; 4. El oráculo; 5. La cámara viajera; 6. Fanzines; 7. Fotobordado. Las últimas dos postas fueron producciones que las jóvenes realizaron cuando finalizaron los encuentros planificados, utilizando como insumo materiales elaborados en el taller de fotografía.

Foto N° 4. Flyer de la muestra fotográfica de cierre

Fuente: Elaboración de las participantes del taller.

La jornada fue inicialmente planificada para fines de octubre pero, debido a un gran temporal que les impidió acercarse hasta la facultad ya que las calles aledañas a sus hogares quedaron anegadas por la lluvia, se reprogramó para mediados de noviembre. La actividad constó de tres momentos: 1) un recorrido guiado por la Facultad de Trabajo Social y el Laboratorio de Estudios en Cultura y Sociedad (LECyS); 2) la muestra, en la que el público y las jóvenes recorrieron las distintas postas montadas en el Aula Magna; y 3) el cierre, con una actividad que ellas planificaron y coordinaron. Sentadas en ronda, una de ellas tomó el extremo de un ovillo de lana. Antes de pasarlo a otra compañera, debía contar cómo se había sentido ese día o en la última semana. Luego, sin soltar el extremo del ovillo, debía lanzarlo con la otra mano a una compañera. La persona que recibía el ovillo debía realizar la misma acción, contar su día o semana y luego pasarlo. Y así sucesivamente hasta que todos/as los/as participantes quedaron sosteniendo una parte del hilo, generando una figura de telaraña o de “trama”. Luego, pidieron que realicemos el ejercicio inverso: ir desarmando la trama, contando cómo esperábamos sentirnos en las semanas o meses siguientes. El ejercicio estuvo teñido de emocionalidad y afecto, muchas de las participantes contaron que sintieron nervios los días previos, pensando en cómo sería la experiencia de realizar la muestra en la universidad.

Fuente: elaboración propia.

1 Nos referimos a los proyectos “Fotografía y espacio urbano. Metodologías centradas en la imagen fotográfica para la exploración de dinámicas urbanas en la ciudad de La Plata” a cargo del Dr. Ramiro Segura y la Mg. Mariana Speroni y “Ciudad y Desigualdades. Experiencias urbanas, otredades y resistencias” a cargo de la Dra. María Cristina Bayón (UNAM).

2 Para más información: https://sites.google.com/sociales.unam.mx/ciudad-y-desigualdades-iisunam

3 El programa Envión es una política pública argentina diseñada para jóvenes entre 12 y 21 años en situación de vulnerabilidad social. Busca fomentar la participación y acceso a actividades deportivas, recreativas, artísticas y culturales, además de dar apoyo en educación, salud y trabajo. Los/as destinatarios acceden a un cobro mensual y a beneficios adicionales (descuentos en alimentos, transporte e internet).

Modo de expresar (de mostrar y de decir)

De la descripción del diseño del taller se desprenden algunas características particulares que quisiéramos destacar. En primer lugar, que en el taller de narrativas visuales hubo mucho más que fotografías. No se trató, en sentido estricto, de un taller fotográfico, en la medida en que los encuentros combinaron la toma y el visionado de fotografías con charlas, juegos, paseos y recorridos. A la vez, en segundo lugar, en lo que refiere a la fotografía, los talleres de narrativas visuales realizados retienen las características de los talleres fotográficos destacados por Triquell (2015), esto es, la posibilidad de seguir todo el proceso que va desde la familiarización con la cámara y la técnica fotográfica, pasando por las decisiones sobre dónde, qué y cómo fotografiar, hasta llegar al proceso colectivo de producir fotografías, mirarlas y dialogar sobre ellas, y mostrarlas en el espacio público.
      Más allá de los puntos de encuentro y de las diferencias con los habituales talleres fotográficos, pensamos en la experiencia realizada como una “organización” que habilita un “modo de expresar” en los que se articulan unos modos de mostrar y unos de modos de decir acerca de la experiencia urbana juvenil. Hace un tiempo Howard Becker (2015) invitó a pensar las representaciones sociales como productos organizacionales. Desde su perspectiva, unas mismas fotografías podrían ser arte, periodismo o ciencias sociales, dependiendo del “mundo” de “productores” y de “usuarios” en la que estas se produzcan, circulen y/o debatan. Se trata, entonces, menos de objetos que de “modos de uso”. En este sentido, pensamos el taller como un dispositivo metodológico que descansa en una “organización social” y que habilita un modo de uso (un modo de mostrar y de decir) singular de la fotografía que no debería perderse de vista.
      El taller se pensó, en efecto, como un espacio-tiempo de encuentro relativamente prolongado e intencionalmente lúdico por medio del cual acceder a conocer de otro modo la experiencia urbana juvenil por medio de reflexionar colectivamente acerca de qué y cómo muestran (y qué excluyen) de su experiencia a través de las fotografía y qué generan todas esas decisiones en las demás personas que participan del taller; y, a la vez, habilitar algunas experiencias urbanas, como acompañar a las jóvenes en sus recorridos habituales (por el barrio), imaginar colectivamente nuevos recorridos (como la salida a la municipalidad), acompañarlas en algunos de ellos (como la salida al Bosque) y realizar algunos que para muchas de ellas parecían improbables o impensados (como ir a la universidad).
      En términos estrictamente metodológicos, la experiencia de los talleres visuales fue productiva, iluminando (nunca mejor usada esta figura que en estos casos) dimensiones de la vida cotidiana juvenil que trataremos en los próximos apartados. Las propias participantes destacaron las posibilidades comunicativas del taller. “Sacar fotos me sale más fácil que hablar”, reconoció Malén (15 años) durante el taller en Casa Joven. La fotografía, entonces, emerge como una práctica por medio de la cual las y los jóvenes pueden “mostrar” -y también “decir”- lo que les sucede en su experiencia cotidiana de la ciudad. En este sentido, nos gustaría destacar la combinación de lenguajes verbales y visuales que este tipo de talleres propicia. Incluso cuando muchas de las personas participantes destacan, como hace Malén, la productividad de la imagen sobre la palabra, los encuentros del taller desplegaron un juego constante, espiralado y no jerárquico de imágenes y palabras.
      Los trabajos colaborativos entre John Berger y Jean Mohr (1982; 2018) mostraron este tipo de relación tensa, abierta y productiva entre palabras e imágenes en los modos de contar (de otro modo). En esta dirección, contamos con relevantes antecedentes en el uso de dispositivos visuales que habilitan narraciones sobre la vida urbana. Por un lado, el libro Podría ser yo. Los sectores populares en imagen y palabra, publicado originalmente en 1987 por los sociólogos Elizabeth Jelin y Pablo Vila y la fotógrafa Alicia D´Amico (2020), fue resultado de espacios de intercambio y diálogo entre los investigadores y habitantes de barrios populares de Buenos Aires en los que la fotografía de D´Amico operó como un dispositivo de autonarración y juegos de identificación. Por el otro, el trabajo colectivo La ciudad de los viajeros, coordinado por Néstor García Canclini (2000), exploró por medio de focus groups con diversas categorías socio-ocupacionales de viajeros urbanos (repartidores, vendedores, policías, taxistas, estudiantes, entre otros) de la Ciudad de México que dialogaban a partir de fotos acerca de los viajes dentro de la metrópoli en la producción de imaginarios urbanos.
      A diferencia de estas experiencias, en los talleres las participantes produjeron las imágenes sobre las cuales hablaban. A la vez, de manera convergente con estas investigaciones previas, durante los talleres de narrativas visuales realizados en Villa Elvira, alejándose de los usos dominantes de la fotografía como mímesis e ilustración subordinada de lo dicho, imagen y palabra abrieron un espacio ambiguo, de proximidad y de distancia, de (in)adecuación, de diálogo y de tensión entre ellas, desestabilizando las ilusiones de transparencia que solemos atribuirle tanto a la fotografía como a la palabra (Segura, 2020). Un modo de expresar que, simultáneamente, nos permitió vislumbrar modos de andar y modos de ver que trataremos a continuación.

Modos de andar

Detengámonos brevemente en el juego que propusimos realizar durante el segundo y tercer encuentro del taller, así como también en la salida fotográfica que realizamos en el quinto encuentro. Lo primero que emerge en términos de recorrido en ambas experiencias es la relevancia del centro de la ciudad: la Municipalidad y el Paseo del Bosque.

Fotos N° 5 y 6. Tableros de los recorridos elaborados por las jóvenes

Fuente: Registro propio del taller.

Estas elecciones son convergentes con la relevancia del trazado fundacional que la investigación social acumulada sobre la ciudad de La Plata en las últimas décadas ha señalado de manera recurrente. A pesar de su profusa expansión suburbana (solo el 20% de la población reside en el trazado fundacional), la centralidad del trazado fundacional persiste por un conjunto entrelazado de dimensiones económicas, políticas, sociales, simbólicas y geográficas. El trazado fundacional concentra la administración pública provincial y municipal así como la mayor parte de los empleos públicos y el comercio, aloja a las distintas dependencias de la Universidad Nacional de La Plata y a la mayor parte de las instituciones educativas, sanitarias y culturales, y tiene una relevancia simbólica y cognitiva como la “imagen de la ciudad” (Segura, 2015). Estas dimensiones combinadas explican que más del 70% de los viajes involucrados en las movilidades cotidianas de las y los habitantes de la ciudad se dirijan al centro (Aon, Giglio y Cola, 2017).
      Las jóvenes que participaron en el taller no son la excepción y, puestas a elegir destinos, imaginan ir a la Municipalidad, localizada junto con la catedral en plaza Moreno, centro geográfico y simbólico de la ciudad, y organizan con las talleristas una salida al Paseo del Bosque, tradicional espacio de la ciudad, donde están los estadios de fútbol, el museo, el observatorio, entre otros símbolos de la ciudad. Sin embargo, esto no iguala automáticamente sus recorridos (los imaginados y aquellos efectivamente realizados) con los de los demás. En los ejercicios del taller hay indicios relevantes para pensar la singularidad de sus “modos de andar” por la ciudad. Veamos con mayor detenimiento.
      En la elaboración de las cartas para el juego de mesa emergieron las siguientes categorías que ayudaban, detenían o modificaban el recorrido imaginado colectivamente:

a. Personas que podías cruzarte en el recorrido: “amigas”, ante quienes detenerse para conversar; “familiares” (papá, mamá, abuelo, tío), que las ayudan a avanzar; “alguien que te caiga mal” (un ex novio, un vecino que te grita cosas), que te hace retroceder o cambiar de recorrido; “jugadores de fútbol” (como Paredes, Messi o Di Maria), que constituyen un encuentro soñado.

b. Actividades: “parar en un baño público”, detiene en el recorrido; “frenar en un kiosco a comprar algo para comer”, te retrasa porque no hay mercados cerca de sus hogares; “escuchar música”, avanzas más rápido en el recorrido.

c. Condiciones climáticas: “la lluvia te hace avanzar para no mojarte”, “con granizo, retrocedes y vuelves a tu casa”, “encontrar un atardecer, te detienes a sacar una foto”.

d. Cartas de alerta: “quedarse sin saldo en la SUBE”; “que te bajen del micro”; “que el micro no frene porque está muy lleno de gente”; “pisar una baldosa floja”; “meter un pie en la zanja”; “mancharse con la menstruación”; “quemarte con agua de mate”; y “que te den ganas de vomitar en la calle”, “que te baje la presión” y “te sientas mal si hace mucho calor” (estas últimas situaciones asociadas a una de las chicas que estaba embarazada durante el taller).

e. Salvavidas (¿a quién recurrir si te sucede alguno de estos imprevistos?): “Agustina” (referente de la organización); “un familiar”; “pedirle a algún pasajero que te pague el boleto si te quedaste sin carga en la SUBE” y “hablar con el chofer para que te deje subir igual”.

Las categorías de personas, actividades y situaciones movilizadas para la elaboración de las cartas del juego dan cuenta de las condiciones específicas en las que se realiza el recorrido de la periferia al centro. Por un lado, las jóvenes distinguen claramente entre las amistades y los vínculos familiares como facilitadores de los recorridos (incorporando también a referentes de la organización social como recurso posible a la hora de resolver problemas) y las personas desconocidas, ex parejas, vecinos con los que se llevan mal y varones adultos que las acosan en la vía pública, los cuales por motivos distintos dificultan, generan modificaciones e incluso obturan la posibilidad de recorrer la ciudad. Por el otro, en el juego cobran relevancia ciertas dimensiones de la experiencia de la movilidad cotidiana. Estas suelen estar permeadas por el uso del transporte público (la carga de la tarjeta SUBE, la frecuencia de los micros, la cantidad de gente que viaja en los colectivos), aunque también se relataron experiencias “a pie”, que fueron desde los inconvenientes por pisar baldosas flojas, meter el pie en una zanja, ir rápido por la lluvia o regresar a casa ante una tormenta, hasta la posibilidad de detenerse a sacar una foto en el campito de camino a la parada de colectivo ante la contemplación del atardecer. Por último, aparecían en estos recorridos, vistos como dificultades, eventos vinculados a mancharse por la menstruación o a sentir náuseas o mareos por estar embarazada que, junto con el lugar de algunos varones (ex parejas, vecinos, desconocidos), dan cuenta de la intersección entre dimensiones de clase, género y edad en la experiencia de la ciudad.
      El recorrido imaginario desde el barrio periférico en el que residen al centro -ya sea la Municipalidad o El Bosque- articula condiciones (monetarias, infraestructurales) precarias, apoyos (de otras personas) y estrategias (prácticas) para realizar el recorrido, y el deseo de acceder a lugares, actividades y otras personas. Estas condiciones, prácticas y deseos cualifican el recorrido hacia el centro.
      Al respecto, la salida que efectivamente realizamos con las jóvenes al Paseo del Bosque nos brinda pistas para ahondar en este modo de andar que practican (y proyectan). Las fotografías tomadas durante la salida podrían agruparse, por temática y cantidad, de la siguiente forma:

1. La mayor cantidad de fotografías tomadas se vincularon con la cancha de Gimnasia y Esgrima de La Plata (y los preparativos para el partido que habría unas horas más tarde ese día). Ser hincha de Gimnasia y Esgrima funcionaba para ellas como una marca de pertenencia y una dimensión relevante en la construcción de la grupalidad del taller (y más allá). Incluso antes de llegar al bosque ya tenían planificadas las fotos que le sacarían a la cancha, siendo para la mayoría de ellas el espacio obligado del recorrido.

2. El ex-zoológico y el Museo de Ciencias Naturales también fueron señalados como espacios posibles para fotografiar antes de la salida y constituyen -especialmente el museo- edificaciones emblemáticas de la ciudad. Sin embargo, al acercarnos a estos espacios no fue posible ingresar: el ex Zoo no estaba abierto al público y el Museo no era de acceso gratuito para la franja etaria de las jóvenes. Las fotos que tomaron de estos lugares -volveremos sobre esta cuestión- se realizaron “desde los márgenes”: desde el hall fotografiaron el museo; desde las rejas, el zoo.

3. El lago, las grutas y lugares de reposo del bosque (así como las eventuales personas que por allí transitaban). Se trataba de espacios conocidos para la mayoría y donde dispusieron que realizaríamos el almuerzo de cierre de esa jornada.

De esta manera, el espacio que las jóvenes eligieron para salir a fotografiar combinaba elementos de su interés que habían sido mencionados en encuentros anteriores: tomar mate, conversar con amigas, pasear por la cancha de gimnasia, disfrutar un rato al costado del lago, ver otras personas, etc. Se trata, en definitiva, de un modo de andar que Michel de Certeau (2000) condensó en la figura del “paseo” como contrapuesta al horizonte de la “circulación” propia del capitalismo y el urbanismo moderno. Mientras esta última busca recorrer el máximo espacio posible en el mínimo de tiempo, el paseo podría definirse como la búsqueda por otorgar un máximo de tiempo a un mínimo de espacio. Por supuesto, este paseo -como ya señalamos- se hace en unas condiciones específicas e implica grandes esfuerzos, lo que se expresa en singulares “modos de ver” que abordaremos en la próxima sección.

4 El Sistema Único de Boleto Electrónico (SUBE) es un sistema de pago de transporte público urbano en Argentina que permite pagar viajes en colectivos, subtes y trenes, entre otros medios de transporte, con una única tarjeta.

Un modo de ver:

“Tiene que estar en el libro. El Museo es un símbolo de La Plata. Cuando yo no sabía nada de La Plata, sabía que tenía el Museo” (2005: 157), puede leerse en la novela del escritor argentino Adolfo Bioy Caseres Las aventuras de un fotógrafo en La Plata, publicada originalmente en 1985. La ficción narra la historia de un fotógrafo que viaja a La Plata a tomar fotografías para un libro celebratorio de la ciudad: el trazado urbano fundacional, la arquitectura monumental y sus instituciones emblemáticas, entre ellas, el Museo. Por supuesto, nos encontramos ante una “aventura”, esto es, siguiendo a Simmel (2002), una experiencia divorciada o desgarrada de la vida cotidiana y opuesta a la rutina, por lo que un nudo constitutivo de la novela radica en la tensión entre las fotografías que el protagonista de la novela debe tomar para el libro y las relaciones de complicidad, conflicto y afecto que establece con otros protagonistas que se interponen en su propósito profesional:

“Confiado en su buena suerte se internó en el bosque, dispuesto a encontrarla [a Julia, el amor de la aventura en La Plata]. Tan afanosamente la buscaba que no sacó una sola fotografía. El bosque era grande. Caminó y caminó, hasta perder la noción del tiempo (lo que nunca le había pasado).
Al término de esa excursión larguísima, se encontró en el punto de partida, en el sendero entre el Museo y el Jardín Zoológico. Se dejó caer en un banco, a la sombra. Sintió frío. O tristeza nomás” (2005: 193).

La novela muestra la persistencia de un imaginario sobre la ciudad y de un consenso acerca de lo que “vale la pena” mostrar de la ciudad. Muchas décadas antes de que las jóvenes del taller de narrativas visuales escogieran al bosque como el destino de la salida colectiva para tomar fotografías, ahí estaba el protagonista de la novela, en el mismo lugar, el Bosque, entre el Zoológico y el Museo. Sin embargo, la experiencia de las jóvenes durante la salida fotográfica no se agota en la confirmación del valor que estos lugares tienen en el imaginario urbano de La Plata. Sin duda, este imaginario sobre la ciudad condiciona sus elecciones y deseos, a la vez que las condiciones de acceso a estos lugares y los modos de andar en ellos modela unos modos de ver que vale la pena explorar. En efecto, como el protagonista de la novela, las jóvenes tomaron fotografías del ex Zoo y del Museo. Sin embargo, a la vez que comparten el referente, el punto de vista y el encuadre de las fotos es completamente distinto.

Fotos 7 y 8. Jóvemes fotografiamdo el Es-zoo y el Museo de Ciemcias Naturales.

Fuente: Registro propio de la salida.

“Toda imagen encarna un modo de ver”, sostuvo John Berger (2000: 16), una relación entre la mirada, el mundo y nosotros mismos. En este sentido, desde los márgenes es la expresión que encontramos para dar cuenta del modo singular de ver (y de mostrar) esos espacios emblemáticos de la ciudad. Las chicas no pudieron acceder al ex Zoo (cerrado al público) ni al Museo (por falta de dinero) y tomaron fotografías desde los umbrales (Benjamin, 2005) de ambos lugares: las rejas que separan y conectan visualmente el ex Zoo con el resto del bosque, el hall que funciona como espacio de transición entre el adentro y el afuera del Museo. Desde estos puntos de observación, una zona liminal, el uso del zoom de la cámara les permitía acercarse y ver lo que de otra forma no podían. Por medio de esas prácticas desafiaban algunos límites, pasando las manos a través de rejas del Zoo o adentrándose en el espacio del hall para acercarse lo más posible a lo que deseaban capturar con la cámara. Los límites al acceso al ex Zoo y al Museo y sus intentos físicos y tecnológicos para traspasarlos, dan forma a un modo de ver situado y diferente a los modos dominantes de mostrar esos lugares.

Fotos N° 9 y 10. Fotografías tomadas por las jóvemes al Es-zoo y al Museo de Ciemcias Naturales.

Fuente: Participantes del taller.

Por otro lado, ese modo de mirar también se despliega en torno al propio lugar de residencia: el barrio, Villa Elvira. Como ya relatamos, en los últimos encuentros del taller previos al cierre en la universidad visionamos colectivamente tanto fotos de la salida al Bosque, como las producidas en el marco de “la cámara viajera”. Laura (16 años) fue la primera en llevarse la cámara. A la semana siguiente, realizamos un visionado colectivo de las fotos que ella había tomado sobre su cotidiano. De las catorce fotos que tomó y seleccionó para mostrar, siete eran de su barrio y siete habían sido tomadas en su escuela que se encuentra en el centro de la ciudad. De estas últimas, cuatro fueron tomadas con sus amigas dentro del salón y otras tres en los alrededores del establecimiento. Además de dar cuenta de su rutina entre la casa, el barrio y la escuela, una de las cuestiones que más llamó la atención fue la presencia de “el cielo” en cinco de las siete fotos tomadas en el barrio (en las otras dos del barrio se mostraban vecinos y casas).
      Resulta bastante improbable que un investigador o investigadora pregunte explícitamente por el cielo en una entrevista sobre sociabilidad juvenil urbana, así como también parece poco verosímil que las y los jóvenes hablen sobre el cielo. Pero ahí está el cielo, ocupando un lugar relevante en la mayor parte de las fotos tomadas en el barrio. Como señaló Latham (2003) respecto al método del diario-fotografía, estrategias como la “cámara viajera” suponen la colaboración activa de nuestras interlocutoras en el campo, minimizando la intervención del investigador sobre qué y cómo se registran las cosas y, por lo mismo, son ejercicios que permiten el acceso a datos densos producidos por las personas participantes, quienes tienen un lugar preponderante en lo que se captura y en cómo se lo captura. En este caso, el cielo.

Fotos N° 11 y 12. El cielo desde Villa Elvira.

Fuente: Laura, participante del taller.

El cielo en las fotografías de Laura sobre su barrio invita a pensar en diversas ideas entrelazadas: el carácter difuso, la baja densidad y la escasa altura de las construcciones en su barrio que se encuentran entre las condiciones de posibilidad de mirar el cielo, en contraposición con el carácter compacto, denso y crecientemente verticalizado del centro de la ciudad que lo dificulta; la capacidad para desarrollar una disposición contemplativa y, como ya fue señalado en el juego de los recorridos por otra participante, detenerse y abandonar lo que se está haciendo para mirar (y fotografiar) un atardecer; incluso se podría aventurar un contraste entre el “ruido visual” del abigarrado entorno construido del barrio y lo prístino, transparente e infinito del cielo. Varias de estas cuestiones pudieron ser sugeridas e inferidas durante el ejercicio de mostrar, mirar y dialogar colectivamente sobre las fotos tomadas por Laura. Aunque no hay una respuesta final y tajante sobre el cielo en las fotos, que estabilice y cierre plenamente el sentido. Como remarca Georges Didi-Huberman (2004: 49) el lenguaje y la imagen “son solidarios y no dejan de intercambiar sus carencias recíprocas: una imagen acude allí donde parece fallar a palabra; a menudo una palabra acude allí donde parece fallar la imaginación”.
      En este juego de solidaridades y carencias recíprocas, durante el visionado de las fotografías de Laura nos detuvimos en una de ellas en particular, que a simple vista parecía que solo mostraba el cielo que podía observar desde su cuadra por la tarde.

Foto N° 13. El cielo desde la ex-cancha de fútbol en Villa Elvira.

Fuente: Laura, participante del taller.

Al indagar por algunos elementos que se muestran sobre la parte inferior de la fotografía, comenzaron a aparecer otros relatos. En la imagen se ven unos postes de madera cortados y no entendíamos bien de qué se trataba. Laura nos cuenta que allí había una canchita de fútbol a la que solían ir a pasar el tiempo y a jugar, pero que actualmente está alambrada porque el terreno se vendió y su dueño lo cercó, probablemente para construir algo. Ante ese lugar en transformación, nos cuenta, decidió sacar la foto al cielo. Ese otro espacio del que solo se ven indicios en la fotografía que durante un tiempo fue parte relevante de su geografía cotidiana, ya no existe más y no es accesible. Ese modo de mirar y de registrar está anclado, entonces, en una geografía y una historia particulares, donde no solo ha existido una escasez persistente de espacios públicos de encuentro y recreación sino que en los últimos años esa tendencia se ha profundizado por nuevos desarrollos inmobiliarios que transforman el espacio barrial y, al ocupar espacios disponibles, relegan a las juventudes populares. Las fotografías de Laura muestran -y nos invitan a pensar- esos procesos socio-espaciales activos en la periferia y sus efectos en la sociabilidad juvenil.

5. Un análisis detallado de esta novela se encuentra en Segura (2008).

AeResiomes fimales

A modo de cierre, nos gustaría remarcar la doble productividad -metodológica y sociológica- de la experiencia con talleres de narrativas visuales con jóvenes de la periferia urbana de la ciudad de La Plata.
      Por un lado, los talleres de narrativas visuales entendidos como el diseño flexible de un espacio-tiempo más o menos prolongado con actividades pautadas y secuenciales que combinaron la palabra, el juego, las salidas y la fotografía resultaron productivos en términos metodológicos pues, como señaló una de las participantes, el mostrar y el decir por medio de las fotografías “me sale más fácil”. Si bien la experiencia realizada no se equipara con un taller de fotografía, en la medida en que propuso y desplegó además otras estrategias de trabajo colectivo (como los juegos), retiene de los talleres el despliegue del proceso que va desde la familiarización con la cámara y la técnica fotográfica, pasando por la decisión colectiva de qué y cómo fotografiar, hasta la producción, el visionado y el diálogo colectivo de las fotografías. En este proceso, la productividad metodológica de los talleres descansó en el juego constante entre imágenes y palabras, que brindó indicios para explorar modos de hacer -específicamente, modos de andar y de mirar- de las jóvenes en el barrio y en la ciudad.
      Por otro lado, la productividad sociológica de los talleres es una consecuencia directa de su productividad metodológica. En la medida en que habilitaron otras formas de mostrar y de decir, las prácticas del taller echaron una luz sobre modos singulares de experimentar el barrio y la ciudad. Estos modos (de andar y de ver) que emergen de los talleres de narrativas visuales combinan a nuestro entender lo común y lo singular, lo compartido y lo específico. Como hemos sostenido en estas páginas, la diferencia en los recorridos y en las miradas de jóvenes de sectores populares sobre una “misma” ciudad radican en la posicionalidad y en la situacionalidad de su experiencia urbana, realizada en condiciones y desde lugares (sociales y espaciales) específicos. Formas de “acentuación”, de “punto de vista” y de “encuadre” -la distancia, el margen, el cielo- que cualifican sus prácticas y nos interpelan en el esfuerzo interpretativo de dar cuenta de una experiencia social.
      En síntesis, el juego de productividades que exploraciones como los talleres de narrativas visuales propician, esto es, el diálogo que habilitan entre los registros y datos novedosos propios de su productividad metodológica y los esfuerzos interpretativos que los mismos motorizan como característica saliente de su productividad sociológica, nos invitan a “abrir” la experiencia urbana de las y los jóvenes de la periferia, la cual no se agota en las condiciones desiguales en las que viven, sino que también se expresa en los modos de hacer, de mostrar y de decir desde y a partir de un habitar periférico.

6. Vale destacar que en una investigación con fotografías sobre la experiencia del “aislamiento social” durante la pandemia un tipo de fotos recurrente fueron las “prolongaciones”, que consistían en fotos del cielo tomadas desde la casa (la ventana, el balcón, el patio) lo que daba cuenta de la búsqueda de mirar más allá de la vivienda y, en cierta medida, expandir visualmente la casa, prolongarla (Segura y Caggiano, 2021).

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